Propio 10 (A) – 12 de julio de 2026
LCR: Isaías 55:10–13; Salmo 65 o 65:9–14 LOC; Romanos 8:1–11; San Mateo 13:1–9,18–23.
Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar de qué manera acogemos y nos impacta la palabra que Dios dirige a su pueblo. Ya en nuestra vida de fe hemos aprendido que es necesario escuchar, meditar y poner en práctica la palabra de Dios. Los Padres de la iglesia invitaban a seguir rigurosamente cuatro momentos de este dejarse interpelar por la palabra: la lectura (lectio) de los textos bíblicos en voz alta para entender su sentido; la meditación (meditatio) o el rumiar los textos, repitiéndolos en voz alta mientras se hacen las tareas diarias para extraer sus nutrientes; la oración (oratio) que es la experiencia de hablar con Dios a través de los textos bíblicos; y la contemplación (contemplatio), que significa descansar en el silencio, dejando que la idea del texto transforme nuestros corazón y pensamientos. Sigamos profundizando estas enseñanzas a través de los textos de la liturgia de hoy.
En la primera lectura el profeta Isaías compara la palabra de Dios con la lluvia que desciende de los cielos y riega la tierra para hacerla florecer, dar frutos y semillas al sembrador y pan al que tiene que comer. Del mismo modo, dice el profeta, la palabra vivificante que sale de la boca de Dios, no vuelve a Él vacía, sino que es productiva, es hacedora y creadora de bien, pues siempre cumple su voluntad de transformar la vida y llevar paz, gozo y plenitud. Se trata de una promesa del Reino de Dios que afirma la eficacia de su palabra. La palabra de Dios es eficaz porque no se trata de un discurso vacío ni engañoso, sino de una palabra que crea, produce vida, comunica con plenitud y cumple su propósito en nosotros.

¿Cómo se profundiza esta idea en el evangelio? Recordemos que Jesús, como un gran pedagogo, utiliza las parábolas para comunicar de manera sencilla los misterios del Reino de Dios a quienes le escuchan. La parábola del sembrador es una de las más conocidas de los evangelios y trasmite, con imágenes de la vida cotidiana del pueblo judío, lo que el Maestro quiere decir a sus discípulos y, por extensión, a nosotros y nosotras hoy. Conocemos esas imágenes que aparecen en muchas de sus enseñanzas: la oveja, el pastor, el viñedo, la higuera estéril, un samaritano bueno, un hombre rico, un hijo que regresa a la familia. En esta ocasión Jesús utiliza los ejemplos de un agricultor, las semillas, la tierra, las aves, las piedras, los espinos, para llamarnos la atención sobre la manera como nosotros recibimos la palabra de Dios.
Las y los campesinos conocen bien los riesgos de la agricultura, pues muchas veces se siembra y no se dan las condiciones propicias para que brote el verdor y se puedan cosechar los frutos. Sembrar demanda una gran cuota de paciencia y perseverancia. En la parábola del sembrador, Jesús habla de un campesino que sale a sembrar llevando en la cintura o cruzado al hombro, su zurrón, morral o talega que contiene las preciosas semillas que ha guardado de la cosecha anterior. Al esparcirlas, puede suceder que una parte de las semillas caiga fuera del surco, en el camino donde las aves las picotean; otras semillas caen en los pedregales y no logran profundizar sus raíces; algunas caen entre las zarzas y espinos que ahogan a las pequeñas plántulas. Finalmente, una parte cae en la tierra buena y logra dar una buena cosecha: unas espigas dan treinta granos por semilla, otras sesenta y hasta cien granos.
El propio Jesús, en la segunda parte del texto, explica la parábola. Dice el Maestro que hay personas que por más que escuchan la palabra no la entienden, no son capaces de abrir su corazón al mensaje de vida nueva en Dios; son como aquellas semillas en el camino que se pierden, pues tienen su mente entorpecida, sus oídos tapados y sus ojos cerrados de tal manera que no dejan que la buena noticia del Reino permee sus vidas. Otro grupo de personas escuchan el mensaje y lo reciben con alegría, pero no cultivan y no logran echar raíces en la vida cristiana; entonces son como las semillas caídas entre las piedras, que cuando vienen las falsas doctrinas, las dudas, pruebas o persecuciones no se mantienen en la fe auténtica. Un tercer grupo es representado por las semillas sembradas entre los espinos y zaras: son creyentes que oyen y aceptan el mensaje, pero los “negocios” de esta vida y el amor por el dinero han ocupado el centro de su existencia y no tienen tiempo para vivir coherentemente con la enseñanza de la palabra. Tampoco ellos logran dar frutos de salvación y vida plena. Aún hay un remanente que representa a los que escuchan y acogen profundamente la semilla de la palabra, la cuidan y cultivan para que eche raíces y produzca frutos abundantes. A quienes han conocido el evangelio del amor y la misericordia de Dios, el Señor los llama dichosos, bienaventurados, felices, pues han escuchado su palabra y visto sus obras.
La pregunta obligada tras escuchar este mensaje es, ¿en cuál grupo nos encontramos cada uno de nosotros?, ¿es nuestra fe tan leve como una capa vegetal superficial?, ¿vivimos la vida cristiana sin suficiente profundidad, sin raíces?, ¿cuáles son las piedras y espinos que debemos quitar para poder crecer espiritualmente?
Hagamos en este día un examen de conciencia sobre la forma en que acogemos la palabra de Dios, esas enseñanzas y valores auténticamente cristianos en nuestras vidas. Reflexionemos sobre qué tanto influyen en nosotros y nosotras esos prejuicios y actitudes machistas, racistas, homófobas y discriminatorias, que como piedras no permiten que la palabra de Dios eche raíces profundas en nosotros. Que tanto los espinos y zarzas de la vanidad, las apariencias, la seducción por el dinero y el tener más, terminan siendo el centro de nuestras vidas, desplazando el principio evangélico de vivir en entrega amorosa al prójimo. Quizá solemos venir a la misa dominical, pero no cultivamos el encuentro con Dios a través de la lectura y el estudio de la palabra, la devoción diaria, la solidaridad con los demás, especialmente los más necesitados, y el cuidado de la creación.
Busquemos, como nos recuerda el Apóstol Pablo, preocuparnos por las cosas del Espíritu, pues esto lleva a la vida y a la paz. Confiemos en la promesa de que, si verdaderamente Cristo vive en nosotros, Dios nos hará justos. Pidamos a Jesús, el sembrador divino, que con paciencia y perseverancia nos ayude a discernir nuestro caminar en la fe y a comprometernos con su palabra, de manera que nos veamos libres de todo aquello que nos impide que crezca nuestra comprensión de la palabra, nuestra fe, esperanza y amor. Que así sea.
La Rvda. Loida Sardiñas Iglesias es Presbítera de la Iglesia Episcopal Anglicana, Diócesis de Colombia, donde ejerce su ministerio como clériga adjunta a la Misión San Benito de Nursia, en Bogotá. Es doctora en Teología por la Universidad de Hamburgo y profesora de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia. Sus áreas de interés son la Teología Sistemática, el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso.





