Propio 22 (A) – 4 de octubre de 2026
LCR: Isaías 5:1–7; Salmo 80:7–14; Filipenses 3:4b–14; San Mateo 21:33–46
La viña que el Señor esperaba
Las cuatro lecturas de este domingo nos presentan una misma imagen: la viña. Isaías canta «Voy a entonar en nombre de mi mejor amigo el canto dedicado a su viñedo. Mi amigo tenía un viñedo en un terreno muy fértil», una parcela cultivada con esmero -cercada, despedrada, plantada de vides escogidas- que, sin embargo, produjo uvas silvestres. El Salmo retoma la figura con dolor: «De Egipto sacaste una vid… Limpiaste el terreno para ella, y la vid echó raíces y llenó el país… ¿Por qué has derribado su cerca, dejando que le arranquen uvas los que van por el camino?». Y el Señor, en el Evangelio, narra una parábola: “Escuchen otra parábola: El dueño de una finca plantó un viñedo”; en ella unos labradores, a quienes se les confía la viña, en su codicia maltratan a los siervos del dueño, dando muerte, finalmente, a su hijo.
No es difícil entender la acusación. El problema nunca fue el suelo, ni el clima, ni la calidad de las vides. El dueño hizo todo bien: «¿Había algo más que hacerle a mi viñedo? ¿Hay algo que yo no le haya hecho?», pregunta Isaías. La falla estaba en los labradores. Así también nosotros, la Iglesia, somos arrendatarios de una viña que no plantamos; recibimos la fe, los sacramentos, un templo, una comunidad, y se nos pide, simplemente, dar fruto a su tiempo.

Doña Amparo, una feligresa de nuestra iglesia que cultivaba en su patio una parra centenaria heredada de su abuela, cada otoño regalaba racimos a los vecinos y siempre les decía: «Yo no hice esta vid; sólo la cuido para que otros coman.» Esa frase resume, mejor que muchos comentarios, la vocación de todo cristiano: somos administradores, no dueños, de lo que se nos ha confiado.
San Pablo, en Filipenses, lleva esta lección a lo personal. Él tenía credenciales envidiables: “me circuncidaron a los ocho días de nacer, soy de raza israelita, pertenezco a la tribu de Benjamín, soy hebreo e hijo de hebreos. En cuanto a la interpretación de la ley judía, fui del partido fariseo… y en cuanto a la justicia que se basa en el cumplimiento de la ley, era irreprochable” y, sin embargo, escribe: «Pero todo esto, que antes valía mucho para mí, ahora, a causa de Cristo, lo tengo por algo sin valor. Aún más, a nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él». Pablo no reniega de su historia; la subordina. Su propia justicia, cultivada durante años, cede ante el conocimiento de Cristo. Él también aprendió a ser labrador de otra viña: la de la gracia, no la del mérito.
“La piedra que los constructores despreciaron” -dice Jesús citando el Salmo 118- “se ha convertido en la piedra principal”. La misma cruz que los labradores infieles levantaron contra el hijo es la que Dios convirtió en fundamento de una viña nueva, abierta a toda nación que dé fruto.
Esta semana, preguntémonos con honestidad: ¿qué fruto está dando el Señor en la parte de la viña que se nos ha confiado -nuestra familia, nuestra parroquia, nuestro trabajo-? Y, como Pablo, ¿qué credenciales o seguridades propias necesitamos contar como pérdida para «llegar a la meta y ganar el premio celestial que Dios nos llama a recibir por medio de Cristo Jesús». El dueño de la viña no ha dejado de esperar buen fruto. Que lo encuentre en nosotros. Amén.
El Rvdo. Franklin Morales es Sacerdote encargado de la parroquia Christ Memorial en Oshawa, Canadá.





