Propio 23 (A) – 11 de octubre de 2026
LCR: Jeremías 25:1–9; Salmo 23; Filipenses 4:1-9; San Mateo 22:1-14.
“Muchos son los llamados y pocos los escogidos”
Vivimos en una época marcada por la velocidad, la incertidumbre y la búsqueda constante de respuestas. Cada día estamos rodeados de múltiples voces que intentan decirnos quiénes somos, qué debemos hacer y dónde debemos poner nuestra esperanza. Sin embargo, en medio de ese ruido permanente, el Evangelio sigue proclamando una verdad que atraviesa los siglos: Dios continúa llamando a cada persona por su nombre e invitándola a participar de la vida nueva en Cristo. La expresión bíblica «Muchos son los llamados y pocos los escogidos» no debe interpretarse como una advertencia al miedo o a la exclusión. Más bien, nos recuerda que el llamado de Dios es amplio y generoso, pero que requiere una respuesta libre, consciente y comprometida. Dios invita a todos al banquete de su amor, pero no todos están dispuestos a dejar de lado aquello que les impide acudir a ese encuentro transformador.
Hoy existen innumerables llamados que compiten por nuestra atención. Nos llama el éxito profesional, el reconocimiento social, el dinero, el poder, el entretenimiento y la búsqueda incesante de comodidad. Muchas de estas cosas no son malas en sí mismas, pero se convierten en un problema cuando ocupan el lugar que solo Dios debe ocupar en nuestra vida. Vivimos tan preocupados por cumplir agendas, alcanzar metas o resolver problemas cotidianos que olvidamos preguntarnos cuál es el propósito último de nuestra existencia. Nos acostumbramos a correr sin detenernos a discernir hacia dónde nos dirigimos.

El Evangelio nos recuerda que antes de ser profesionales, padres, hijos, amigos o ciudadanos, somos hijos de Dios. Nuestra identidad más profunda no proviene de nuestros logros ni de nuestros fracasos, sino del amor con el que Dios nos creó y nos redimió por medio de Jesucristo. Por eso, una de las grandes preguntas de nuestro tiempo es: ¿qué voz estamos escuchando? Porque no basta con oír el llamado de Dios; es necesario responderle.
En la parábola del banquete que nos relata el evangelista San Mateo, vemos que muchas personas rechazan la invitación porque están ocupadas en otros asuntos. Esta realidad sigue vigente. Ya no se trata sólo de campos o negocios, como en tiempos bíblicos, sino de nuevas esclavitudes que pueden alejarnos de Dios. La obsesión por producir constantemente, la dependencia de las redes sociales, el consumismo, la necesidad de aprobación, la acumulación de bienes materiales y el individualismo son algunas de las cadenas que afectan al ser humano contemporáneo. Muchas personas tienen tiempo para casi todo, excepto para alimentar su vida espiritual. El problema no radica únicamente en la falta de prácticas religiosas, el verdadero riesgo es perder la capacidad de encontrarnos con Dios, con nosotros mismos y con los demás, ya que, cuando una persona vive únicamente para producir o consumir, termina vaciándose interiormente.
Por eso la invitación al banquete sigue siendo actual. Dios nos llama a detenernos, escuchar su voz y recordar que la vida tiene una dimensión espiritual que no puede ser ignorada. Jesús nos recuerda que incluso aquellas personas que solemos juzgar o considerar alejadas de Dios son invitadas a un encuentro personal con Él, por eso el cristiano está llamado a evitar los prejuicios. Sólo Dios conoce plenamente el corazón de cada persona. Con demasiada frecuencia etiquetamos a los demás según su apariencia, historia o errores pasados, pero Dios mira más allá de lo visible y sigue obrando donde muchas veces nosotros somos incapaces de reconocer su presencia.
Revestirse de Cristo significa permitir que su manera de pensar, actuar y amar moldee nuestra vida cotidiana; implica practicar la honestidad cuando sería más fácil engañar, defender la verdad cuando resulta incómodo hacerlo, construir puentes cuando otros levantan muros, perdonar cuando el resentimiento parece justificable, servir cuando la lógica del mundo impulsa a buscar únicamente beneficios personales. La invitación al banquete continúa abierta. Dios sigue llamando, guiando y acompañando a sus hijos. Sigue sembrando esperanza en medio del sufrimiento, unidad en medio de las diferencias y vida nueva en medio de las crisis. La pregunta decisiva no es si Dios nos llama, porque ya lo hace constantemente. La verdadera pregunta es cómo estamos respondiendo a ese llamado.
El profeta Isaias nos recuerda que muchas veces experimentamos situaciones complejas: fenómenos naturales, conflictos, injusticias, enfermedades, problemas económicos, crisis familiares, situaciones laborales, soledad, ansiedad o incertidumbre frente al futuro. A veces estas circunstancias pueden hacernos pensar que Dios está ausente. Sin embargo, la historia de la salvación demuestra exactamente lo contrario; Dios no abandona a su pueblo en medio de las dificultades, Él acompaña, sostiene y fortalece incluso cuando no entendemos lo que está ocurriendo. Muchas veces comprendemos el sentido de una prueba sólo después de haberla atravesado; lo que parecía una derrota termina convirtiéndose en una oportunidad de crecimiento, madurez y fortalecimiento espiritual.
El Salmo 23 nos presenta una imagen profundamente consoladora: «El Señor es mi pastor». Un pastor no abandona a sus ovejas cuando aparece el peligro, por el contrario, las guía, las protege y las conduce hacia lugares seguros. También hoy Dios continúa guiando a sus hijos por caminos que muchas veces no comprenden. Hay momentos en los que atravesamos valles oscuros y sentimos miedo, pero la fe nos enseña que la oscuridad no tiene la última palabra; la presencia de Dios permanece incluso cuando no la percibimos con claridad.
Por su parte Pablo, en la carta a los Filipenses, nos pone de presente que vivimos en una cultura marcada por la polarización. En la familia, en los lugares de trabajo, en la sociedad e incluso dentro de las comunidades cristianas encontramos divisiones que generan enfrentamientos innecesarios. Uno de los desafíos más grandes de nuestra época es aprender a convivir con quienes piensan distinto. El problema no es pensar diferente. La diversidad siempre ha existido y forma parte de la riqueza humana. El problema surge cuando convertimos las diferencias en motivos de rechazo, desprecio o exclusión.
Cristo nos enseña un camino distinto. Él reunió a personas muy diferentes y las transformó en una comunidad. Entre los discípulos había pescadores, cobradores de impuestos, personas sencillas y personas con distintas visiones sobre la realidad de su tiempo. Sin embargo, todos fueron llamados a caminar juntos. Esto sigue siendo válido hoy. Podemos tener opiniones distintas sobre muchos asuntos, pero si compartimos la fe en Cristo debemos recordar que existen realidades más importantes que nuestras diferencias. Nos une el amor de Dios, la dignidad humana y la esperanza del Reino.
La verdadera madurez cristiana no consiste en imponer nuestras ideas, sino en aprender a amar incluso cuando existen desacuerdos, y participar con la alegría propia de los Hijos de Dios en el banquete de su Palabra y sacramentos como anticipo del banquete Celestial.
El Rvdo. Ricardo Antonio Betancur Ortiz, es Abogado de profesión y Presbítero en la Diócesis de Colombia, ha practicado la docencia en temas de Anglicanismo, Historia de la Iglesia y estudio del Libro de Oración Común en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis; actualmente desempeña su ministerio como clérigo asociado a la Catedral de San Pablo.





