Sermón del Obispo/a Presidente en la Eucaristía de apertura del Consejo Ejecutivo

El Obispo/a Presidente de la Iglesia Episcopal, Katharine Jefferts Schori, ha pronunciado el siguiente sermón durante la Eucaristía celebrada en la reunión del Consejo Ejecutivo el primer día de su encuentro de cuatro días, el primero de este trienio.

 

A continuación se presenta el sermón del Obispo/a Presidente:

 

 

Teresa de Ávila

15 de octubre de 2012

Consejo Ejecutivo

 

La Rvdmo. Katharine Jefferts Schori

Obispo/a Presidente y Primado/a

la Iglesia Episcopal

 

             La mayoría de quienes saben algo sobre Teresa de Ávila saben que fue una mística y que pasó gran parte de su vida en contemplación. Algunas personas saben que fue proclamada «doctora de la Iglesia» por el Papa en 1970, siendo la primera mujer en obtener ese título.  En los círculos católicos romanos, eso significa que sus escritos se consideran sólidos y aptos para la enseñanza, y que este Evangelio se lee en su festividad: «Ustedes son la sal de la tierra». La vida de Teresa fue mucho más compleja que la imagen popular de una monja enfermiza encerrada en su celda solo para orar y escribir.  Un comentarista moderno la describe como «terca como un buey, de piel gruesa como un elefante y astuta como un zorro».[1] Ahí hay una muestra de esa salinidad que Jesús nos exhorta a tener.

            Teresa nació alrededor de 1515 de padres que pertenecían a las familias más distinguidas de España.  Durante toda su vida, parece haber tenido una profunda sed de Dios. Cuando era niña, su tío la encontró a ella y a su hermano menor a las afueras de la ciudad; se dirigían a ser martirizados por los moros para poder entrar al cielo. Él los llevó de regreso a casa.  La madre de Teresa murió cuando ella tenía 14 años, lo que parece haber desencadenado una adolescencia bastante normal y frívola. Ella escribe sobre cómo se entregaba a la ropa, al perfume y a las novelas de baja calidad y, dice, «todos los adornos vanos que mi posición en el mundo me permitía».  Su padre reaccionó enviándola a un colegio de monjas. Se enfermó y tuvo que regresar a casa, y parece que siguió padeciendo el mismo tipo de enfermedad durante la mayor parte de su vida; tal vez se trataba de paludismo recurrente. 

            A los 20 años, Teresa insistió en ingresar a un monasterio carmelita. Permaneció allí cuatro años, hasta que se enfermó tanto que le cavaron la tumba. Su padre la llevó de vuelta a casa, y le tomó tres años recuperarse. Finalmente regresó y pasó otros 18 años allí.  Se cansó de esa vida tibia, pues muchos conventos en aquella época eran más bien como hoteles para mujeres aristocráticas solteras. 

           Con la ayuda de dos jesuitas, Teresa inició un período de oración seria y silenciosa, y comenzó a tener experiencias vívidas de la presencia cercana de Dios.  Sus escritos son los primeros en ofrecer una descripción bastante explícita de la experiencia de la oración profunda, como un proceso de contemplación, quietud y unión con Dios, tanto en formas conscientes como en formas subconscientes o supraconscientes. Era a la vez descriptiva y analítica, como William James siglos más tarde, y sus escritos invitaban a otros a vivir un tipo de experiencia similar.

           En pocos años, comenzó a vislumbrar una reforma radical de la orden carmelita, que la llevaría de regreso a una disciplina más antigua y ascética.  Fundó el Convento de San José en 1562, donde las monjas dejaron de usar zapatos para usar sandalias, adoptaron un hábito austero, vivían en clausura total, en gran parte en silencio y en estricta pobreza, y no comían carne. Al cabo de un tiempo, sus superiores se opusieron y se le ordenó retirarse a la reclusión.  El papa intercedió por ella y revocó la orden, permitiendo el establecimiento de las carmelitas descalzas como una orden religiosa independiente. En total, fundó 17 conventos para mujeres y 14 para hombres. Teresa falleció durante un viaje para fundar otro convento más.

           Teresa tenía hambre y sed de Dios de formas que hoy en día podrían sorprendernos: esa imaginería del Cantar de los Cantares se ha utilizado a menudo para hablar de la unión mística con Dios. Bernini realizó una famosa escultura de Teresa en oración extática que un comentarista calificó de «indecente» por lo sensual que es.  Los cristianos que viven demasiado en sus mentes tienen mucho que aprender de los escritos salados de Teresa.

            «Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo», les dice Jesús a sus discípulos. No valemos casi nada si no podemos usar nuestra salinidad para difundir la luz por doquier.  Permítanme establecer una conexión entre la sal y la luz. En términos químicos, las sales son moléculas cargadas que reaccionan en presencia de agua u otros solventes. Las sales son las que hacen que funcionen las baterías; las sales son la base de la mayoría de las reacciones químicas vivificadoras.  El sol y la luz que emite son el resultado de reacciones entre partículas cargadas. La capacidad de las plantas para utilizar la luz solar y producir azúcares depende de las sales. La «salinidad» es la poderosa capacidad de interactuar con el mundo que nos rodea —y está íntimamente relacionada con nuestra naturaleza creada—; es parte de nuestra condición terrenal.  No podemos ser portadores de luz si rechazamos nuestra naturaleza creada. El anhelo de Teresa, y toda esa imaginería sensual del Cantar de los Cantares, se refieren a la forma en que fuimos creados: para interactuar con el Creador y la creación. Si no tenemos sal, no podemos irradiar luz.

            ¿Qué nos dice eso aquí y ahora? Acepta tu sal —con moderación—. El estilo de vida ascético de Teresa fue diseñado para darle a su sal el campo óptimo de acción. Ese campo se ve diferente en cada ser humano: algunos de nosotros estamos hechos para el convento y el monasterio; la mayoría de nosotros no.  Sin embargo, todos estamos hechos para ser conscientes de nuestra naturaleza creada y de cómo administrarla de la manera más eficaz. Piensa en lo que hace una gran cantidad de sal: conserva los seres vivos para que dejen de vivir, como la salmuera que usamos para hacer jamón, tocino o pepinillos.  Si consumimos demasiada sal, como mínimo nos sube la presión arterial y, en el peor de los casos, morimos. Las minas de sal se utilizan para almacenar cosas valiosas y como tumbas para otras peligrosas, como los desechos radiactivos. Quizás las minas de sal abandonadas bajo la Diócesis de Michigan serían un buen hogar para los Archivos de la Iglesia Episcopal…

            Pero la sal, con moderación, es esencial para la vida; el equilibrio es la clave. Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo. La sal no está destinada solo a nosotros. Está destinada a reaccionar con el mundo que nos rodea y crear luz.

            Teresa tiene algo que ofrecer a este cuerpo en su empeño por volver al núcleo de su tradición monástica. Desafió a sus hermanas y hermanos en la vida religiosa a desprenderse de lo no esencial, de los adornos y de la frivolidad, para que su propia sal estuviera más lista para interactuar con Dios.  Nos enfrentamos al reto de realizar un trabajo similar: recuperar y enfocarnos en los aspectos centrales de la misión de Dios que involucran a esta iglesia y a sus socios.  Esa es una labor radical: volver a las raíces, regresar a la esencia del llamado de Dios para sanar el mundo y desprendernos de los detalles que tan a menudo nos distraen. 

            ¿De qué manera las conversaciones desafiantes que tengamos aquí (¡si Dios quiere, con moderación!) ayudarán a arrojar luz sobre el mundo que nos rodea?

            La sal de la reactividad es esencial para producir luz. Pero no me refiero a la simple ansiedad; más bien al tipo de reactividad que puede experimentar el hambre como la de Teresa, o sentir el sufrimiento de las personas vulnerables y afligidas que nos rodean.  ¿Qué es lo que despierta nuestro sentido de justicia, qué es lo que despierta nuestra respuesta apasionada? Esa es la sal en acción —y no hay luz sin ella—. La celda de Teresa no la aisló del hambre del mundo. Ella sintió ese hambre profundamente y respondió.

            ¿Dónde está tu sal en acción? ¿Qué sufrimiento te hace llorar, qué necesidad te hace sudar, dónde estás gastando tu sangre vital? Así es como se derrama la luz en el mundo.  Así es como le damos gloria a Dios. Y ese es el jardín en el que encontramos al Amado, y el Amado nos encuentra a nosotros.

 

 

 

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[1] Christian Feldman: Los rebeldes apacibles de Dios: Grandes santos del cristianismo. Crossroad, Nueva York: 1985