A primera vista, la gratitud puede parecer una virtud extraña: ¿no hay algo un poco egoísta en dar gracias por las propias bendiciones? Esa es la pregunta que un feligrés/esa le hizo una vez a un presbítero. Su respuesta: si la gratitud se limita simplemente a reconocer nuestras bendiciones, tal vez sea egoísta. Pero la verdadera gratitud no se detiene ahí. Se convierte en una forma de vida —una que reconoce que no hemos sido bendecidos para quedarnos con nuestras bendiciones, sino para convertirnos en una bendición para los demás—. Ese cambio, sugiere, puede ser una de las cosas más desinteresadas que una persona puede hacer.
La Ofrenda Unida de Acción de Gracias (UTO, por sus siglas en inglés) surgió precisamente de esta idea: que la gratitud, vivida plenamente, se extiende naturalmente hacia afuera. La UTO ofrece a los episcopales y a las personas de buena voluntad una forma compartida de convertir el agradecimiento personal en acción colectiva: pequeños momentos de gratitud que, sumados, se convierten en algo que bendice a los demás. Es una afirmación sencilla pero poderosa: una actitud de gratitud puede cambiar una vida, y suficientes vidas pueden cambiar el mundo.





