Episcopal Church Executive Council: Opening remarks from House of Deputies President Julia Ayala Harris
Following are opening remarks, as prepared for delivery, by House of Deputies President Julia Ayala Harris to the Executive Council of The Episcopal Church, which met virtually Feb. 20.
Good morning, Executive Council.
The work before us today may seem merely procedural. But friends, it is also spiritual.
Governance in this church is one of the ways we bear public witness.
Between meetings of General Convention, we are entrusted, for a time, with stewardship of this church. That authority is received. It is shared. And it is temporary. We tend what has been entrusted to us for the sake of the whole church; in honor of the generations who have come before and in care for those generations who will come after.
In seasons of change, questions arise about how we govern, how we communicate, and how we steward the church’s resources. Seasons like this can stretch patience and test trust. Those questions reflect care. They reflect investment. They reflect love for this church and her people.
Transparency, for us, is not a tactic. It is a spiritual discipline.
Transparency requires truthfulness, clarity, accountability, and trust. It is not measured by the volume of information released, but by accessibility, clarity, and faithfulness to the charge we’ve been given.
The letter to the Ephesians calls us to speak the truth in love and to grow up in every way into Christ. Growth requires truthfulness. It requires love.
How we govern shapes who we are becoming as the body of Christ. Healthy governance includes robust debate and hard questions. It includes disagreement. It also requires trust in the discernment of the body once decisions have been made.
We are fiduciaries of more than dollars. We are fiduciaries of trust. And that trust matters deeply in this wider moment.
We meet in a time when democratic norms are strained and Christian language is often distorted for political ends. In recent months, The Episcopal Church has used its voice and action with courage and clarity through litigation, through amicus briefs, and through lay leaders, clergy, and bishops who have spoken against the sins of hate and white Christian supremacy, and organized networks of support for our neighbors living in daily, hourly, constant fear.
We are living in a season when questions of refuge, religious liberty, and the relationship between church and state are again before the courts. The presiding bishop and I have joined amicus briefs in cases concerning religious freedom and access to asylum, and our church remains engaged in litigation challenging the rescission of the federal sensitive locations policy.
These actions were not made lightly, nor without the guidance of the whole church. They arise from the expressed commitments of General Convention and from our shared responsibility to steward the church’s public witness in faithfulness to that discernment and proclamation, grounded in our baptismal covenant, in our ordered life together, and in the conviction that faith must be freely chosen and faithfully practiced without coercion or fear.
Public witness without disciplined internal accountability will not endure. And disciplined governance without moral courage will not inspire.
If our testimony is to remain credible, our governance must be steady, transparent, and rooted in accountability—accountability to one another, to the direction of General Convention, and to God, who sustains, redeems, and restores.
Former House of Deputies President Pam Chinnis reminded this church that leadership is not about power. It is about responsibility. What we hold does not belong to us alone. And we must look honestly at the horizon before us.
We are approaching a generational shift that will reshape who sits in our pews, who leads our ministries, how our communities gather, and how this church is sustained. The next 20 years will not look like the last 50. Some congregations will shrink. Some will close. Others will face difficult decisions about identity and sustainability. These realities are not theoretical. They are already unfolding.
In that environment, stewardship is not bookkeeping. It is mission alignment. It is the disciplined preparation of a church that must endure in a landscape different from the one we inherited.
We are not simply managing an institution, we are stewarding a future. And that future is not ours alone.
So as we turn to this agenda—to reports, to budgets, to strategic updates, and to resolutions—I invite us to carry both the weight and the grace of this responsibility.
Let us do this work with clarity.
With discipline.
And with hope.
And may the Spirit grant us wisdom equal to the moment before us.
Thank you, friends.
Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: discurso inaugural de la Presidenta de la Cámara de Diputados Julia Ayala Harris
A continuación ofrecemos el discurso inaugural, preparado para publicación, de la Presidenta de la Cámara de Diputados Julia Ayala Harris ante el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, que se reunió de manera virtual el 20 de febrero.
Buenos días, Consejo Ejecutivo.
La labor que nos ocupa hoy puede parecer meramente de procedimiento. Pero amigos, también es espiritual.
El proceso de gobierno de esta iglesia es una de las maneras en que damos testimonio público.
Entre las reuniones de la Convención General, se nos confía, por un tiempo, la administración de esta iglesia. Esa autoridad se recibe. Se comparte. Y es temporal. Cuidamos lo que se nos ha confiado por el bien de toda la iglesia; en honor a las generaciones que nos precedieron y al cuidado de las generaciones que vendrán después.
En épocas de cambio, surgen preguntas sobre cómo regimos, cómo nos comunicamos y cómo administramos los recursos de la iglesia. Las temporadas como esta pueden poner a prueba la paciencia y la confianza. Esas preguntan reflejan interés. Reflejan inversión. Reflejan amor por esta iglesia y su gente.
La transparencia, para nosotros, no es una táctica. Es una disciplina espiritual.
La transparencia requiere veracidad, claridad, responsabilidad y confianza. No se mide por el volumen de información descargada, sino por la accesibilidad, la claridad y la fidelidad a la responsabilidad que se nos ha dado.
La carta a los Efesios nos llama a decir la verdad en amor y a crecer en todo hacia Cristo. El crecimiento requiere veracidad. Requiere amor.
La manera en que regimos moldea en quiénes nos estamos convirtiendo como cuerpo de Cristo. Un proceso de gobierno saludable incluye un debate sólido y preguntas difíciles. Incluye desacuerdo. También requiere confianza en el discernimiento del organismo una vez que se han tomado las decisiones.
Somos fiduciarios de más que tan solo dinero. Somos fiduciarios de confianza. Y esa confianza es de profunda importancia en este momento más amplio.
Nos encontramos en un momento en que las normas democráticas están en tensión y el lenguaje cristiano a menudo se distorsiona con fines políticos. En los últimos meses, la Iglesia Episcopal ha utilizado su voz y acciones con valentía y claridad a través de litigios, a través de informes ante los tribunales y por medio de líderes laicos, clérigos y obispos que han hablado en contra de los pecados del odio y la supremacía cristiana blanca y han organizado redes de apoyo para nuestros vecinos que viven en un constante temor cada hora de cada día.
Estamos viviendo en una época en la que los asuntos de refugio, libertad religiosa y la relación entre la iglesia y el estado están nuevamente ante los tribunales. El obispo presidente y yo nos hemos unido a informes ante tribunales en casos relacionados con la libertad religiosa y el acceso al asilo, y nuestra iglesia sigue participando en litigios que impugnan la rescisión de las políticas federales respecto a lugares sensibles.
Estas acciones no se tomaron a la ligera, ni sin la guía de toda la iglesia. Surgen de los compromisos expresados de la Convención General y de nuestra responsabilidad compartida de cuidar el testimonio público de la iglesia en fidelidad a ese discernimiento y proclamación, fundamentados en nuestro pacto bautismal, en nuestra vida ordenada juntos, y en la convicción de que la fe debe ser elegida libremente y practicada fielmente sin coacción ni temor.
El testimonio público sin responsabilidad interna disciplinada no perdurará. Y un proceso de gobierno disciplinado sin valentía moral no inspirará.
Si nuestro testimonio ha de seguir siendo creíble, nuestro proceso de gobierno debe ser constante, transparente y estar arraigado en la responsabilidad —responsabilidad entre nosotros, hacia la dirección de la Convención General y hacia Dios, quien sostiene, redime y restaura.
La expresidenta de la Cámara de Diputados, Pam Chinnis, le recordó a esta iglesia que el liderazgo no se trata de poder. Se trata de responsabilidad. Lo que profesamos no nos pertenece solo a nosotros. Y debemos mirar honestamente al horizonte que tenemos frente a nosotros. Estamos acercándonos a un cambio generacional que transformará quién se sentará en nuestras bancas, quién dirigirá nuestros ministerios, cómo se reunirán nuestras comunidades y cómo se sostendrá esta iglesia. Los próximos 20 años no se parecerán a los últimos 50. Algunas congregaciones se reducirán. Algunas cerrarán. Otras enfrentarán decisiones difíciles sobre identidad y sostenibilidad. Estas realidades no son teóricas. Ya se están desarrollando.
En ese entorno, la mayordomía no es contabilidad. Es alineación de la misión. Es la preparación disciplinada de una iglesia que debe perdurar en un paisaje diferente al que heredamos.
No solo estamos administrando una institución, estamos cuidando un futuro. Y ese futuro no es solo nuestro.
Así que, al enfocarnos en este orden del día —los informes, los presupuestos, las actualizaciones estratégicas y las resoluciones— los invito a llevar tanto el peso como la gracia de esta responsabilidad.
Hagamos este trabajo con claridad.
Con disciplina.
Y con esperanza.
Y que el Espíritu nos conceda una sabiduría equitativa al momento que tenemos ante nosotros.
Gracias, amigos.

