81ª. Convención General de la Iglesia Episcopal: Alocución de apertura de la presidente de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris

81ª. Convención General de la Iglesia Episcopal: Alocución de apertura de la presidente de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris

La que sigue es una transcripción de la alocución de apertura que la presidente de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris, pronunció el 22 de junio en una reunión conjunta de la Cámara de Diputados y la Cámara de Obispos en la 81ª. Convención General en Louisville, Kentucky. Vea un vídeo de la alocución de apertura en línea.

¡Saludos diputados, saludos Presencia Oficial de la Juventud; Saludos obispos y visitantes, estimados invitados de la 81ª Convención General!

Es una inmensa alegría estar aquí con todos ustedes hoy, finalmente, en Louisville, Kentucky. Están practicando eso, ¿verdad? Es «Loovul», «Looavil»; Ahí la tienen, muy bien: nuestra increíble ciudad anfitriona de la 81ª. Convención General de la Iglesia Episcopal y la que se ha convertido en mi nuevo segundo hogar. Quiero expresar mi más profundo agradecimiento al obispo White y a los diputados de Kentucky. Quiero agradecer al personal diocesano que ha estado trabajando muchas horas y el esfuerzo incansable que se ha realizado para preparar esta increíble reunión. Su hospitalidad no ha pasado inadvertida y apenas estamos comenzando. Espero que el resto de ustedes tenga tiempo para experimentar las oportunidades que nos rodean mientras exploran y conocen esta ciudad y todo lo que tiene para ofrecer.

Desde que me cayó el mallete en las manos en la 80ª. Convención General, han pasado 1.026.720 minutos. Luego, si los minutos resultan un poco abstractos, quizás 17.112 horas, o 713 días, o 23 meses y 12 días. Me gustan los números; este ha sido mi reloj de cuenta regresiva. En ese tiempo, con el amor de Jesús y de los demás para orientarnos, hemos transitado, como Iglesia, a través de desafíos sin precedentes.

Personalmente, durante este tiempo me quité los correctores dentales. ¡Gracias! Y cuando me quitaron los correctores dentales, supe que podría estar potencialmente cerca de lanzar un silbido por primera vez en mi vida. ¿Lo intento? ¿Están listos? Va a ser muy decepcionante. Miren esto.

Todos ustedes también se han embarcado en este viaje conmigo, y durante este tiempo hubo momentos en los que aprendí mucho sobre lecciones de liderazgo. Aprendí a transitar a través de un difícil proceso del Título IV, y aprendí que a veces hay que analizar algunas cosas realmente difíciles antes de poder sonreír libremente. También aprendí que cuando tu Obispo Primado, tu socio en el liderazgo, a veces cómplice en el delito, enfrenta sus propias batallas, tienes que recurrir (y yo tuve que hacerlo) a tu base inquebrantable de fe, fortaleza y resiliencia, y eso me ayudó a salir adelante, incluso si eso significó volar sola por un tiempo. Durante ese tiempo y en estos momentos lo que aprendí y de lo que me di cuenta es que todos todavía constituimos un quehacer en progreso, emprendiendo juntos este hermoso y caótico viaje, anclados para siempre en nuestro inquebrantable amor por Jesús.

Hace dos años, cuando me eligieron presidente por primera vez, me presenté ante ustedes y los invité a emprender un viaje juntos. Sabía que el camino sería difícil, que necesitaríamos transitar por territorios inexplorados y enfrentar obstáculos inesperados. Pero también sabía que si nos arremangábamos, nos atábamos las botas de montaña y nos comprometíamos a caminar juntos con amor, podríamos atravesar cualquier terreno y capear cualquier tormenta. No sabía cuán intensas serían esas tormentas.

Durante dos años, lidiamos con las consecuencias de una pandemia global; clamamos por justicia mediante una rendición de cuentas racial; luchamos por los derechos humanos básicos de nuestra comunidad LGBTQ+ que se han visto erosionados; vivimos una creciente polarización política y lidiamos con una situación económica incierta en EE. UU. En nuestra propio organismo, hemos abordado y seguiremos abordando algunas incómodas interrogantes para decir la verdad en torno a nuestros procesos del Título IV y a nuestra relación con los internados indígenas. Y a pesar de todo, velamos por nuestro amado Obispo Primado mientras enfrentaba graves problemas de salud, siempre con valentía, gracia y amor.

Los últimos dos años nos han puesto a prueba de maneras que nunca hubiéramos imaginado. Es posible que hubiera momentos en los que el camino parecía desaparecer por completo y en los que no podíamos ver un camino a seguir a través de la niebla del dolor, del miedo y de la duda.

Y en esos momentos sombríos, hicimos lo que siempre hacen los forasteros: nos acercamos unos a otros, nos ofrecimos una mano para sostenernos, un hombro en el que apoyarnos, una luz para orientarnos en el camino. Recordamos que no estábamos solos en este camino, que nos teníamos unos a otros, que tenemos al Espíritu Santo con nosotros en cada paso. Sacamos fuerza de las historias y cánticos sagrados que nos sostuvieron durante generaciones, recordándonos el poder de la fe, la esperanza y el amor frente a la adversidad.

Al recordar el viaje que hemos compartido, me siento llena de gratitud, asombro y esperanza. Gratitud por las innumerables formas en que se han preocupado unos por otros y por sus comunidades, encarnando el amor de Jesús en acción. Asombro por la creatividad, resiliencia y adaptabilidad que han demostrado frente a desafíos sin precedentes. Y esperanza, porque he visto de primera mano la profundidad de vuestra fe, la fuerza de vuestro compromiso y el poder de nuestra unidad en Jesús.

Y así, paso a paso, milla tras milla, seguimos andando, sin saber siempre a dónde nos conduciría el camino, pero confiando en que nos llevaría a un lugar nuevo, a un lugar mejor. Y en el camino, descubrimos reservas de coraje, de compasión y de creatividad que nunca supimos que teníamos. Encontramos maneras de conectarnos entre nosotros y con nuestras comunidades, para compartir el Evangelio y servir a nuestros prójimos necesitados. Aprendimos duras verdades sobre nosotros y sobre nuestra Iglesia, y comenzamos la dolorosa pero necesaria labor del arrepentimiento, la recuperación y la transformación.

Ahora, al reunimos para esta 81ª. Convención General, nos encontramos en una encrucijada. El camino que tenemos detrás es largo y sinuoso. El camino por delante es brumoso e incierto. Pero una cosa está clara: no podemos volver a donde estábamos antes. El mundo ha cambiado y nosotros también.

El único camino a seguir es continuar andando juntos en el amor, continuar apoyándonos mutuamente y escuchando la apacible vocecita de Dios en el desierto.

Incluso en medio de estas dificultades, hemos visto signos notables de fidelidad, creatividad y resiliencia en toda nuestra Iglesia Episcopal, como flores silvestres que germinan luego de una rara lluvia en el desierto.

Un lugar donde la resiliencia ha sido evidente es en la labor de nuestros comités legislativos. Incluso en medio de esta nueva normalidad que nos ha impuesto la pandemia, estos fieles servidores se lanzaron de cabeza a la labor vital de cuidar y nutrir el suelo que es nuestra Iglesia.

Debo tomarme un momento para reconocer y celebrar a nuestros comités legislativos por la increíble labor que han realizado en preparación para esta Convención General. Han celebrado 47 reuniones y 55 audiencias abiertas durante los últimos cinco meses. Y durante ese tiempo, nuestros comités legislativos han escuchado más de 2.500 testimonios —¡más de 2.500 testimonios! Y estos testimonios, gracias al apoyo de la Oficina de la Convención General, que respalda todas nuestras reuniones, y que también ayudó a que esos testimonios se hicieran realidad en todos los idiomas que hablamos como episcopales a través de nuestra interpretación simultánea. Y nuestros intérpretes simultáneos están aquí ahora mismo. Más de 2.500 son las personas de nuestra Iglesia que interpelan directamente al gobierno de nuestra Iglesia de una manera que nunca antes había sido posible. Este es el ministerio de gobierno en acción y se los agradezco.

Nuestros comités legislativos han sido como jardineros diligentes, labrando la tierra, plantando semillas y fomentando el crecimiento de nuevas ideas y posibilidades. Han plantado las semillas del cambio y la creatividad y las han regado con oración y dedicación. Estoy particularmente orgulloso de que en la Cámara de Diputados, el 40% de las personas nombradas para los comités legislativos se identifican a sí mismas como personas de color, y que tengamos 70 diputados en los comités legislativos menores de 40 años; y tenemos 145 diputados mayores de 65 años. Y eso es sólo el comienzo de la diversidad que tenemos en la Cámara de Diputados y en los comités legislativos.

Estas voces y experiencias diversas son como un jardín pujante, cada flor única contribuye a la belleza y firmeza general de nuestra Iglesia.

Estoy profundamente agradecida por este modelo de servicio: este cuidado y compasión por toda nuestro cuerpo. Como su presidente, me siento muy orgullosa de la forma en que los diputados se presentan una y otra vez para hacer el trabajo que están llamados a hacer. Nuevamente se los agradezco.

Mientras nos reunimos para esta 81ª. Convención General, tenemos una importante tarea por delante. Vamos a examinar las formas en que cuidamos de nuestra gente, desde el seguro médico hasta las reformas del Título IV y la promoción de la salud y el bienestar mental. Vamos a considerar cómo se ve la renovación frente a una Iglesia cambiante, explorando nuevos modelos de estructuras diocesanas, redefiniendo la vitalidad congregacional más allá del medir las ofrendas de bandeja y la promesa o la asistencia dominical promedio, y cómo vamos a ser más inclusivos para todos los que ingresan en nuestras naves, esforzándonos en convertirnos en una Iglesia donde todos realmente signifiquen todos.

También vamos a participar en la sagrada labor del discernimiento al elegir líderes para papeles decisivos. Estos incluyen al[a la] presidente y al[a la] vicepresidente de la Cámara de Diputados, a los miembros del Consejo Ejecutivo, a los representantes en la junta directiva de Grupo de Pensiones de la Iglesia y mucho más. En un mundo que a menudo recurre a la división y a los ataques personales en los procesos electorales, estamos llamados a modelar un camino diferente, arraigado en nuestra fe y en nuestro compromiso con el bienestar de nuestra Iglesia. Nos basamos en la oración, buscando la sabiduría y la orientación del Espíritu Santo. Nos esforzaremos por entablar un diálogo respetuoso, centrándonos en los problemas y las calificaciones de quienes han sido llamados a servir. Y recordaremos que, en última instancia, nuestra lealtad es a Jesús y a la misión de esta Iglesia.

Y, por supuesto, tenemos una elección importante que moldeará el futuro y la voz de nuestra Iglesia en los años venideros, y es la del 28º. Obispo Primado. Esta decisión tiene un profundo significado espiritual y exige nuestra más profunda consideración y oración. Como episcopales, no participamos en este proceso como una contienda política, sino como un discernimiento colectivo de la voluntad de Dios para nuestra Iglesia.

El 26 de junio, la Cámara de Obispos, la cámara menor, se reunirá en la Iglesia Catedral de Cristo en un espíritu de deliberación en oración para elegir al próximo Obispo Primado de la Iglesia Episcopal. Tras su elección, la Cámara de Diputados, la cámara mayor, tendrá la responsabilidad de confirmar o no esa elección. Al asumir este deber sagrado, oro para que seamos guiados no por preferencias personales o consideraciones mundanas, sino por el deseo sincero de seguir el ejemplo del llamado del Espíritu Santo. Que abordemos este momento con humildad, con corazones abiertos y con un profundo sentido de responsabilidad por nuestra Iglesia.

Este llamado es exactamente lo que estamos llamados a hacer cuando compartimos el discernimiento. Es el corazón de lo que significa estar «Juntos en el Amor».

Durante los últimos dos años, he viajado por nuestra Iglesia internacional. Me he reunido con innumerables fieles episcopales —muchos de ustedes están en esta sala. He llegado a comprender que «Juntos en el Amor» es más que un simple eslogan. Es un encargo sagrado, un llamado santo a encarnar el amor reconciliador de Cristo en todo lo que decimos y hacemos. Significa comprometernos con el trabajo arduo, el trabajo santo que es la justicia, no en abstracto, sino en realidades y acciones concretas en nuestras comunidades y en nuestras iglesias.

A través de esta experiencia y esta reflexión, me he apoyado en tres prioridades fundamentales, uniendo nuestro llamado al amor cristiano con el trabajo de gobierno y liderazgo de la Iglesia. Estas prioridades son accesibilidad, inclusión y seguridad, valores esenciales para hacer realidad nuestro compromiso de ser una Iglesia donde todos sean verdaderamente bienvenidos, valorados y capacitados para ejercer el liderazgo.

La accesibilidad es mucho más que rampas y ascensores, aunque estos sean de vital importancia. Se trata de cultivar una cultura de bienvenida radical, donde cada persona sepa que pertenece y donde cada voz importe. Significa examinar las formas en que nuestras estructuras, sistemas y cultura pueden estar bloqueando inadvertidamente a las personas de la sala, literalmente. Significa trabajar activamente para desmantelar esas barreras, literalmente. En la Cámara de Diputados, hemos dado pasos en esta dirección brindando amplios servicios de traducción, interpretación simultánea y ofreciendo amplio acceso digital a materiales legislativos, además de trabajar para hacer que nuestros procesos sean más transparentes y participativos. Y todavía tenemos mucho más trabajo por hacer para cumplir verdaderamente la promesa de la accesibilidad.

La inclusión es el trabajo sagrado de reconocer la imagen de Dios en cada persona. Significa honrar la hermosa diversidad de la familia humana y garantizar que nuestro liderazgo refleje todo el espectro del pueblo de Dios. Porque con demasiada frecuencia, las voces de los marginados (personas de color, personas LGBTQ+, personas con discapacidades, inmigrantes y muchos otros) han sido excluidas de los salones del poder de nuestra Iglesia. Al abordar cuestiones de justicia y representación, debemos hacerlo con profunda humildad, comprometiéndonos a escuchar atentamente y aprender conscientemente de quienes tienen experiencias vividas. Debemos estar dispuestos a escuchar y confrontar duras verdades sobre las formas en que nuestra Iglesia ha fallado, y a llevar a cabo la labor de arrepentimiento y reparación. Porque sólo así podremos convertirnos en la Amada Comunidad que proclamamos ser.

Y la seguridad es la base sobre la que debe construirse todo nuestro trabajo. En un mundo donde demasiadas personas han experimentado el dolor del abuso, la discriminación y la exclusión, la Iglesia debe ser un santuario de recuperación y de esperanza, un sueño que a veces no alcanzamos. Esto significa no sólo garantizar la seguridad física, sino también crear entornos de cuidado emocional y espiritual. Significa tener normas claras y compasivas para abordar las malas conductas y acompañar a los sobrevivientes con sensibilidad y apoyo.

Y a ese fin, invito a todos los diputados y diputados suplentes a firmar un Pacto de Comunidad voluntario de la Cámara de Diputados, comprometiéndonos con los valores de respeto, confianza y cuidado mutuo que deben guiar nuestra labor conjunta. Como personas de fe, estamos llamadas a ser embajadores de la paz de Cristo, trabajando para restañar heridas y levantar puentes de entendimiento.

Agradezco a los 574 miembros de la Cámara de Diputados que ya firmaron el Pacto de Comunidad voluntario. Gracias. 

Al vivir estos valores de accesibilidad, inclusión y seguridad, ofrecemos al mundo un testimonio contracultural en un mundo que a menudo se ve empañado por la división y la desconfianza. Proclamamos con la palabra y el ejemplo el poder del amor reconciliador de Jesús para derribar muros y vendar a los quebrantados de corazón. Esto, amigos míos, es el tuétano de nuestro llamado como Iglesia: ser un faro de esperanza, una comunidad de atención y una fuerza de restauración en un mundo quebrantado.

Entonces, al reunirnos para esta 81ª. Convención General, podemos venir con corazones abiertos y expectantes, listos para ser guiados por el Espíritu hacia el futuro de Dios para nuestra Iglesia. Que nos comprometamos nuevamente a caminar «juntos en el amor», incluso cuando el camino sea difícil. Que podamos sacar fuerza de las aguas vivas de nuestra fe, confiando en que el mismo Dios que nos ha traído hasta aquí seguramente nos guiará hacia nuestra Iglesia futura.

Estoy muy agradecida a todos y cada uno de ustedes por su presencia aquí hoy, por su fidelidad en la oración y el servicio, por las muchas maneras en que encarnan el amor de Cristo en su comunidad. Me siento humildemente honrada de servir junto a ustedes en esta labor sagrada. Que podamos, «juntos en el amor», seguir plantando semillas de esperanza y justicia, confiando en que la promesa de Dios seguramente proveerá la cosecha.

Que Dios los bendiga, que Dios bendiga a nuestra querida Iglesia Episcopal y que Dios bendiga a las comunidades a las que servimos. Juntos en el amor, avancemos con valentía y verdad.