Sermón del 28º Obispo Presidente de la Iglesia Episcopal en la ceremonia de su investidura
Lo que sigue es una transcripción del sermón predicado por el Rvdmo. Sean Rowe durante el oficio de Santa Eucaristía del 2 de noviembre de 2024 en el que sería investido como el 28º. Obispo Presidente de la Iglesia Episcopal. El texto se ha editado ligeramente en pro de una mayor claridad.
Estamos pues aquí, con Marta y María. Tal vez las conocemos mejor por el pasaje de Lucas donde Marta ande correteando de un lado a otro haciendo todas las tareas, mientras María se dedica a escuchar a Jesús y luego Jesús aprueba su conducta.
Aquí en el Evangelio de Juan, apenas unos versículos antes de que comience nuestra lectura, las cosas son mucho más serias. Lázaro, el hermano de María y Marta, el amado de Jesús, se está muriendo.
Jesús se entera de que Lázaro está enfermo y que Marta y María quieren que él vaya, pero espera dos días antes de decidirse a aparecer. Sabe que las autoridades de Betania, donde vive Lázaro, aguardan para arrestarlo, y el tiempo se termina. Estamos casi al final de la historia.
Una vez que Jesús se acerca a Betania, Marta, fiel a su estilo, sale corriendo al encuentro de Jesús; y sólo puedo imaginarme a Jesús aliviado y pensando, genial, aquí viene Marta. Ella es la que siempre se ocupa de las tareas domésticas. Puedo introducir una buena enseñanza aquí. Y él le dice: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí no morirá jamás». Tiene prisa, pero da una de las declaraciones más poderosas de todas las Escrituras, una que todos llevaremos a la tumba.
En esta lección, Jesús de nuevo nos recuerda que el reino está aquí, que está cerca de nosotros, aquí, ahora mismo, entre nosotros. Él es la resurrección —la promesa futura— y la vida. El aquí y el ahora, el aún no y el ahora; la vida que tenemos aquí y ahora está entre nosotros, y Jesús puede enunciar esa palabra de vida.
Y luego van a ver a María, y han pasado cuatro días desde que pusieron a Lázaro en la tumba, y ella está llorando, y la gente a su alrededor llora, y luego la Escritura dice: «Jesús lloró».
Esta vez, en lugar de enseñar, ordena que se retire la piedra, y en este punto no es difícil estar de parte de Marta. Lázaro lleva cuatro días en la tumba bajo el calor. ¿Quieres quitar esa piedra justo entonces, en ese momento?
Entonces surge la escena que ha cautivado a poetas, novelistas, pintores y escritores de iconos durante milenios. Lázaro, amortajado, sale de la tumba, porque incluso en la muerte tuvo acceso a la voz de la vida.
Incluso en la muerte tuvo acceso a la voz de la vida porque Jesús es la Palabra, el que vino desde el principio, el que trajo la vida al mundo. Y aunque Lázaro está muerto, puede oír la [voz de la] vida. Está muerto, pero tiene acceso a la vida.
Y ahora vemos de qué se trata todo esto. Toda la proclamación, la enseñanza, y la agonía y el llanto. Lázaro vuelve a la vida, pero no a la plenitud, como si Jesús no hubiera terminado su tarea en ese momento.
En cambio, Jesús le dice a la comunidad reunida, que debía estar aterrorizada y desconcertada, que lo hagan. Desátenlo, libérenlo, déjenlo ir.
Amigos, a medida que sirvamos juntos durante los próximos nueve años, nos encontraremos una y otra vez en esta historia. Seremos los discípulos despistados; ya ese es un tema que domino. Seremos Marta, trabajando tan ardua y fielmente que pasaremos por alto lo principal. Seremos María, abrumada por el dolor y a veces por la ira. Seremos Jesús, tratando desesperadamente de que la gente entienda. Y espero que esto no suceda a menudo, pero temo que a veces podamos ser las autoridades religiosas conspirando para ver lo que deberíamos hacer con este problemático Jesús. Porque si se detienen a pensar, a veces el problema en la Iglesia es sencillamente que Jesús nos resulta incómodo.
Pero, sobre todo, creo que nos encontraremos reflejados en la multitud que se encuentra en torno a la tumba de Lázaro. Una y otra vez estaremos juntos, a veces temerosos, a veces desconcertados, anhelando la vida, esperando la plenitud en todas las cosas. Y una y otra vez Dios nos llamará a concluir la labor, a secar las lágrimas, a dar testimonio, a desatar a los cautivos y a liberarlos. Para participar del reino de Dios, para manifestarlo en el mundo aquí y ahora.
Ahora bien, este deshacimiento y liberación de nosotros mismos, de nuestras estructuras y de nuestro mundo quebrantado exigirá toda la resistencia de que podamos hacer acopio. Exigirá que dejemos a un lado nuestra incredulidad y nuestras divisiones, nuestros apegos a las cosas de este mundo y tal vez nuestro apego a la forma en que pensamos que deberían funcionar las cosas.
Pero si podemos ser fieles en esta obra de liberación, descubriremos que podemos convertirnos en los mayordomos que Dios necesita que seamos de nuestras congregaciones y comunidades en toda nuestra Iglesia. Porque es en estos lugares —en las congregaciones, las instituciones y los ministerios que tenemos en toda esta iglesia—donde tiene lugar el ministerio. Donde la gente se reúne hoy para ser parte de esta investidura. En esas iglesias donde ustedes están sentados ahora mismo, en sus salones parroquiales, en sus iglesias, donde están viendo cómo sucede esto, ahí es donde tiene lugar. Ahí es donde se lleva a cabo el ministerio. Es en estos lugares donde los fieles episcopales se reúnen día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, para adorar a Dios, celebrar [sus alegrías] y lamentar sus penas y cuidar del pueblo de Dios.
De hecho, creo que es en nuestras comunidades reunidas en toda nuestra Iglesia donde más cerca podemos vislumbrar la genuina fuerza del relato de Lázaro. Cada vez que alimentamos al hambriento, cuidamos a los enfermos, vestimos a los que nada tienen, acogemos al forastero, optamos por la vida frente a la muerte.
Tenemos acceso a la vida incluso cuando la muerte nos rodea. Incluso cuando la pesadilla de este mundo nos rodea. Tenemos acceso a la vida y al sueño de Dios. Al bautizar y sepultar al pueblo de Dios, al hacer discípulos y proclamar el Evangelio, al aliviar el sufrimiento y proteger a los que celebran, estamos desatando a nuestras congregaciones y liberando a un mundo quebrantado.
Este tipo de liberación, sin embargo, es nada menos que oponerse a las mentiras del enemigo. Este es el enemigo que nos mantendrá reducidos, sin vida y sin esperanza. Este es el enemigo que nos haría decir que no podemos hacerlo mejor de lo que lo estamos haciendo. El enemigo que nos mantendrá atados y nos mantendrá atados si valoramos nuestras propias preferencias, tradiciones y comodidades por encima de la necesidad de colaborar, de compartir, de trabajar creativamente y de proclamar el Evangelio.
Se acabaron los tiempos, si es que alguna vez existieron, en los que las diócesis, congregaciones e instituciones de nuestra Iglesia podían actuar solas y hacerlo a su manera. Porque debemos reconocer nuestra interdependencia mutua, nuestra necesidad de ministrar juntos, de compartir lo que tenemos y de sostenernos unos a otros. Especialmente ahora, en este mundo tan quebrantado, debemos convertirnos en una sola Iglesia.
No somos un conjunto de diócesis e instituciones, un conjunto de formas de hacer las cosas. Somos una Iglesia, una Iglesia en Jesucristo. Dios nos ha dado la capacidad de compartir nuestros recursos y talentos e invertir en un ministerio que se lleva a cabo sobre el terreno: un ministerio en el que personas fieles todos los días, cristianos de todo el mundo, construyen comunidades, abogan por la justicia y salvan vidas. Sus ministerios y sus comunidades donde se lleva a cabo la obra de desatar, de liberar, de ser el cuerpo de Cristo resucitado en el mundo.
Esta obra, la obra de proclamar en palabra y en hechos que la resurrección de Jesús es la vida, es la obra a la que Dios ha llamado a la Iglesia Episcopal, ahora y siempre, como una sola Iglesia, unida. Amigos, el reino de Dios está cerca, aquí y ahora.





