Carta de líderes de la Iglesia Episcopal sobre los decretos ejecutivos de inmigración del gobierno de Trump

Carta de líderes de la Iglesia Episcopal sobre los decretos ejecutivos de inmigración del gobierno de Trump

Querido Pueblo de Dios en la Iglesia Episcopal:

En el día de ayer, Donald Trump prestó juramento como presidente de Estados Unidos. Oramos para que él y todos nuestros funcionarios electos, según las palabras del Libro de Oración Común, tengan la sabiduría y la fortaleza para conocer y hacer la voluntad de Dios y estén llenos de amor a la verdad y a la justicia.

Mientras dábamos gracias por una transición pacífica del poder, nos enteramos por las noticias de que la nueva administración presidencial ha emitido una serie de decretos ejecutivos que son un indicio de la promesa del presidente Trump de deportar a inmigrantes indocumentados a una escala histórica, de restringir el [derecho de] asilo y de instruir otras medidas migratorias. Leemos esta noticia con preocupación e instamos a nuestro nuevo presidente y a los líderes del Congreso a ejercer la misericordia y la compasión, especialmente hacia los miembros de nuestras congregaciones y comunidades que viven al amparo de la ley desde hace mucho tiempo: padres e hijos que están amenazados de separación en nombre de las normativas migratorias, y mujeres y niños que son vulnerables a ser víctimas de abusos durante la detención y que temen denunciar los abusos a las autoridades.

Como cristianos, nuestra fe está moldeada por la historia bíblica de un pueblo a quienes Dios llevó a países extranjeros para escapar de la opresión. El Éxodo nos cuenta la historia de los antiguos israelitas que escaparon de la esclavitud en la tierra de Egipto y vagaron por el desierto sin hogar. En Levítico 19:33-34, Dios nos ordena que recordemos esa estancia como parte de nuestra propia historia de fe: « No opriman a los extranjeros que habiten entre ustedes.  Trátenlos como si fueran sus compatriotas, y ámenlos como a ustedes mismos, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto».

Ahora, como nos dice Pablo en Efesios 2:12-19, ya no somos extranjeros. Cristo Jesús nos ha hecho conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Como leemos en 1 Pedro 2:9-12, hemos recibido la misericordia de Dios y debemos demostrar este amor sacrificial en nuestras vidas y obras. Debido a que nuestra verdadera ciudadanía no está aquí en la Tierra sino en el cielo, estamos llamados a trascender las distinciones terrenales hechas entre nosotros por los líderes de este mundo. Debemos proclamar que el reino de los cielos se les promete a los perseguidos y responder al llamado de Cristo de acoger al extranjero entre nosotros.

Esta visión del reino de Dios, esta nueva realidad, es aquella a la que los cristianos nos comprometemos en nuestro bautismo por encima de cualquier preferencia o criterio política, y de la que nuestra Iglesia debe dar testimonio mediante palabras y hechos. Este llamado sagrado conforma tanto nuestro compromiso de toda la Iglesia de apoyar a los migrantes como a los ministerios de las congregaciones de nuestra Iglesia que sirven a inmigrantes y refugiados vulnerables en sus comunidades.

Desde finales del siglo XIX, la Iglesia Episcopal ha respondido a este llamado acogiendo a inmigrantes y refugiados en Estados Unidos y, en la actualidad, el Ministerio Episcopal de Migración es una de las 10 agencias de reasentamiento a través de las cuales los refugiados ingresan a este país. Nuestra Oficina de Relaciones Gubernamentales es una persistente defensora de las resoluciones sobre inmigración aprobadas por la Convención General, y colabora con socios ecuménicos e interreligiosos para instar a políticas compasivas y humanas que, al mismo tiempo, reconozcan la necesidad de proteger las fronteras y abordar las amenazas a la seguridad. Miles de episcopales participan en este ministerio de defensa social a través de la Red Episcopal de Política Pública.

A medida que se anuncien más cambios en la aplicación de las normas de inmigración, nuestros ministerios en toda la Iglesia seguirán ofreciendo vías prácticas para proteger a los más vulnerables entre nosotros. Les invitamos a unirse a nosotros por estos medios:

  • Abogando ante nuestros miembros del Congreso mediante el uso de este llamado a la acción a fin de tomar medidas para proteger a los inmigrantes, conocidos como Dreamers, que fueron traídos a Estados Unidos de niños y han vivido aquí la mayor parte de sus vidas. El antiguo programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, que ofrece un respiro al miedo a la deportación, está en peligro, y el Congreso debe tomar medidas.
  • Pronunciándose en contra de la retórica y las acciones antiinmigrantes, incluidos los ataques basados ​​en la raza, el vigilantismo y la violencia, la división familiar y la detención y deportación sin cargos ni condenas. Como cristianos, debemos oponernos a estas expresiones de odio y miedo con un testimonio claro de nuestra sagrada promesa de respetar la dignidad de cada ser humano.

En toda nuestra iglesia, los migrantes son miembros del Cuerpo de Cristo y parte de nuestras congregaciones y comunidades, y nuestra vida común es más rica gracias a sus contribuciones. A nuestros hermanos y hermanas que corren el riesgo de ser deportados o de ser separados de sus seres queridos, sepan que su historia es la nuestra y su dignidad es inseparable de la nuestra. Estamos a su lado y enfrentaremos estos desafíos juntos.

Como una Iglesia unida en el Cuerpo de Cristo, oren especialmente por las familias que viven bajo la sombra de la separación y por todos los que buscan asilo para protegerse de la persecución. Oren también por las personas de nuestras congregaciones y diócesis que trabajan incansablemente para servir a inmigrantes y refugiados, y que ahora enfrentan nuevos y desoladores desafíos en su ministerio.

Finalmente, tal como lo han hecho los fieles episcopales durante décadas, únanse a nosotros para donar generosamente al Ministerio Episcopal de Migración y a su ministración con los refugiados que buscan una nueva vida en Estados Unidos.

En la paz de Cristo,

Rvdmo. Sean Rowe
Obispo Primado

Julia Ayala Harris
Presidente de la Cámara de Diputados