Mensaje del Obispo Presidente Sean Rowe: la muerte y la desesperanza no tienen la última palabra

Mensaje del Obispo Presidente Sean Rowe: la muerte y la desesperanza no tienen la última palabra

Querido pueblo de Dios en la Iglesia Episcopal:

Al igual que Jesús, vivimos en tiempos aterradores. Su ministerio terrenal comenzó, como escuchamos en la lectura del Evangelio de hoy, cuando las autoridades encarcelaron a Juan el Bautista porque querían silenciar su predicación y profecía.

Jesús sabía lo que sucede cuando los poderes terrenales persuaden a los seres humanos a temerse mutuamente, a considerarse extraños unos a otros y a creer que no hay suficiente para todos. En la época de Jesús, el poder de estas divisiones motivó la decapitación de Juan y la propia muerte de Jesús en la cruz a manos de las autoridades romanas.

En nuestra época, el poder mortífero de esas divisiones se manifiesta en las calles de Minneapolis, en otros lugares a lo largo de Estados Unidos y en otros países alrededor del mundo. Como hemos visto con demasiada frecuencia a lo largo de la historia, los más vulnerables entre nosotros están soportando la carga, asumiendo la mayor parte del riesgo y la pérdida, y soportando la violación de su propia humanidad.

Pero no nos lamentamos sin esperanza. La historia cristiana está llena de personas que vivieron en tiempos aterradores y brutales, pero que siguieron el llamado de Jesús que escuchamos en la iglesia hoy. Su proclamación nos aparta del temor nacido del pecado y de la muerte y nos dirige hacia el reino de Dios, hacia el ministerio de justicia, conciliación y amor de Cristo. “Por eso, nosotros ya no pensamos de nadie según los criterios de este mundo”, escribió el apóstol Pablo a la iglesia de Corinto (2 Corintios 5:16), exhortándolos a rechazar las divisiones de sus tiempos para convertirse en embajadores de Cristo.

Este es el llamado de Dios a la Iglesia Episcopal ahora, y no es algo fácil. En Estados Unidos, ya no vivimos en una época en la que podamos esperar practicar nuestra fe sin riesgo, y ahora estamos enfrentando lo que las comunidades de fe vulnerables han experimentado durante generaciones. Nuestro derecho a rendir culto libremente como una iglesia comprometida con la dignidad de todos los seres humanos se ha visto restringido por el temor que enfrentan demasiados cristianos inmigrantes al salir de sus hogares. Las protestas pacíficas, un derecho consagrado desde siempre en la Constitución, ahora se han vuelto mortíferas. Poner en práctica los sencillos mandamientos de Jesús —alimentar a los hambrientos, cuidar a los enfermos, visitar a los prisioneros, hacer la paz— ahora implica riesgos para la iglesia y graves peligros para las personas a quienes servimos. Como cristianos, debemos reconocer que este caos y división no son de Dios, y debemos comprometernos a pagar cualquier precio que nuestro testimonio requiera de nosotros.

En los próximos años, se seguirá poniendo a prueba a nuestra iglesia de todas las maneras concebibles, ya que insistimos en que la muerte y la desesperanza no tienen la última palabra y nos solidarizamos con los inmigrantes y los más vulnerables entre nosotros a quienes Dios guarda en el corazón. Será necesario que nos aferremos a la promesa de Dios de hacer todas las cosas nuevas, porque nuestro llamado a seguir la ley de Dios supera cualquier poder o principado terrenal que pueda tratar de silenciar nuestro testimonio.

A aquellos de ustedes que se encuentran en el centro de la tormenta, por favor sepan que estoy orando por ustedes mientras encarnan el amor de Cristo en sus ministerios y comunidades. A quienes están observando con preocupación y temor, les pido que oren por las personas que han muerto en protestas y detenciones, por los que han sido testigos de sus muertes, y por todos los que tienen autoridad y responsabilidad en este momento, para que puedan ejercer sabiduría, moderación y valentía. Oren también, especialmente en los próximos días, por el testimonio de nuestra iglesia en estos tiempos y por tender un cerco de protección alrededor de todos los amados hijos de Dios que viven este día con temor.

Rvdmo. Sean Rowe
Obispo Presidente
La Iglesia Episcopal