Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: discurso inaugural del Obispo Presidente Sean Rowe

Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: discurso inaugural del Obispo Presidente Sean Rowe

A continuación ofrecemos el discurso inaugural, preparado para publicación, del Obispo Presidente Sean Rowe ante el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, que se reunió de manera virtual el 20 de febrero.

Buenos días y bienvenidos a esta reunión del Consejo Ejecutivo. Como saben, nos estamos reuniendo en línea este mes a fin de ahorrar en tiempo y presupuesto para el retiro de junio, cuando visitaremos la diócesis de Puerto Rico y haremos un trabajo intensivo en nuestro plan estratégico. Gracias por su flexibilidad y su disposición para hacer tiempo para la importante labor estratégica que haremos juntos este verano.

En la reunión de hoy, evaluaremos el trabajo inicial que hemos realizado en el plan estratégico, y en ese contexto escucharemos algunas actualizaciones importantes de nuestro director de finanzas y nuestro director jurídico sobre el contexto para el ministerio en estos tiempos y cómo nos estamos ajustando.

También manejaremos algunos asuntos de rutina, incluida la elección de un nuevo miembro. Hoy nos acompañan dos miembros nuevos, y antes de comenzar nuestras actividades, quiero darles la bienvenida a la Rvda. Diácona Andrea Gardner de la Diócesis de Pennsylvania, quien nos acompañó en la breve junta de presupuesto que tuvimos en diciembre, y al Rvdo. Mark Nabors, nuevo representante del clero de la Provincia VII. Andrea está cubriendo el periodo de ejercicio no vencido que dejó nuestro querido Stan Baker, quien falleció en junio, y Mark está cubriendo el periodo de ejercicio no vencido que dejó la renuncia de Shay Craig, a quien tendré el placer de ordenar como Obispa de Dakota del Norte en tan solo unas semanas.

También quiero señalar y agradecer el servicio de Heidi Kim como miembro del Consejo Ejecutivo en este trienio. Como ya sabrán, Heidi fue nombrada como la primera directora ejecutiva de la Coalición Episcopal para la Equidad y la Justicia Racial el mes pasado, y espero con ansias trabajar con ella mientras asume esa nueva función. Elegiremos a su reemplazo en línea entre ahora y la reunión de junio para que podamos tener un complemento completo de miembros para ese importante retiro.

Pero primero, tenemos la Cuaresma. ¿Han notado que en algunos años, la Cuaresma parece un poco fuera de contexto? Las cosas van bien, la primavera llegó temprano y una temporada de ayuno y arrepentimiento parece un poco fuera de lugar. “Estamos bien, ¡no tenemos necesidad de sacrificios!”

Pero eso no pasa este año. Este año, estamos plenamente en Cuaresma. Incluso el clima del Miércoles de Ceniza, al menos donde vivo, era justo el tipo de clima que esperaríamos tener para comenzar una temporada de penitencia. ¿No lo sintieron cuando rezaron la Letanía de la Penitencia? ¿Juicios falsos? Así es. ¿Pensamientos poco caritativos hacia nuestros vecinos? Así es. ¿Prejuicio y desprecio hacia aquellos que son diferentes a nosotros? Así es, en efecto, tal cual.

Como escribí en mi carta del Miércoles de Ceniza a la iglesia, en estos días puede parecer que estamos viviendo en un desierto creado por fuerzas que mantienen a las personas atrapadas en la violencia y la división, separadas unas de otras y de Dios. Basándome en la historia del Éxodo, llamo a esta condición “la imaginación de Faraón”, y en estos días, creo que gran parte de nuestro mundo es cautivo de ella.

Nuestra vocación como cristianos es apartarnos de la imaginación de Faraón hacia la imaginación de Dios. En la Biblia, se nos llama una y otra vez a entender el mundo como lo ve Dios, como un lugar donde las divisiones y el odio son superados por el amor de Dios, que hace nuevas todas las cosas. En la segunda carta de Pablo a la iglesia de Corinto, que estaba profundamente dividida y distorsionada por cultos a la personalidad, Pablo escribe: “Por eso, a partir de ahora, no pensamos en nadie según los criterios de este mundo” Lo que él dice es que cuando nosotros, los humanos, perdemos nuestro camino y nos rige la ira y la división, necesitamos ver las cosas desde un punto de vista diferente, como Cristo nos ve, no como nosotros los humanos nos vemos mutuamente.

Incluso vernos de manera diferente no es todo lo que implica la conversión. Es fácil ver al faraón en alguien más. Pero la verdad es que todos llevamos un faraón dentro. Y para escapar de ese tipo de imaginación limitada, tienen que estar dispuestos a ser despojados de su propia certeza, de sus propias convicciones sobre esas otras personas, las que sienten que tienen derecho a odiar, o a enojarse con ellas o a menospreciar.

El llamado a apartarnos de la imaginación de Faraón hacia la imaginación de Dios es eterno, pero la Cuaresma nos da una excelente excusa para comenzar, o para comenzar de nuevo. Al asumir esta disciplina de Cuaresma, soy consciente de que, como miembros del Consejo Ejecutivo de la iglesia, llevamos una carga adicional de responsabilidad. Estamos encargados de recordar que todo el trabajo que hacemos —presupuestos, resoluciones, elecciones y planes estratégicos— es la forma en que organizamos el cuerpo de Cristo para hacer el trabajo de proclamar el Evangelio.

Nuestro trabajo como junta puede parecer mundano cuando los principados y los poderes están rugiendo a nuestro alrededor. Pero comprometernos con un proceso de gobierno sólido y estratégico es la forma en que desarrollamos la capacidad institucional para resistir la distopía del faraón. Estamos haciendo esto ahora de innumerables maneras: abogando por las prioridades de la Convención General con nuestros funcionarios electos, administrando nuestros recursos para sobrellevar los años difíciles que se avecinan, y ayudando a las diócesis a volverse sostenibles y a dar testimonio del Evangelio en sus comunidades.

En los últimos meses, la necesidad del ministerio de inmigración ha estado particularmente activa. En este momento, su ministerio de gobierno nos está apoyando mientras hacemos lo siguiente:

  • Demandar al gobierno por la aplicación de medidas de inmigración en iglesias y otros lugares sensibles y presentar informes en nombre de otros que han llevado a cabo actos legales para proteger la libertad religiosa y la dignidad de los inmigrantes.
  • Movilizarnos rápidamente para volver realidad la inspirada súplica de Katie Sherrod en la reunión de diciembre en cuanto a subvenciones de emergencia a diócesis que enfrentan crisis de cumplimiento de inmigración.
  • Triplicar el gasto de nuestra iglesia en el personal de los Ministerios Episcopales de Migración, el cual funciona como un equipo de respuesta rápida en lugares donde hay crisis de inmigración alrededor de la iglesia.
  • Ayudar a los episcopales a enviar decenas de miles de mensajes a sus representantes electos en el Congreso sobre políticas de inmigración.
  • Organizar vigilias, capacitaciones y webinarios de preparación para miles de episcopales; y ofrecer un apoyo significativo tras bambalinas a nuestros obispos y a los líderes que están en los lugares.

Todas estas acciones, y muchas otras que se están llevando a cabo, son la manera en que desempeñamos el mandato de Jesús de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Lo que Jesús nos está diciendo en ese mandamiento es que todos somos parte de un solo cuerpo. No hay diferencia entre nosotros y nuestro vecino. Y como somos un solo cuerpo, cuando nos odiamos y nos despreciamos, solo nos estamos destruyendo a nosotros mismos. Cuando adoptamos la comprensión de que todos estamos unidos en un solo organismo —“un solo vestido de destino”, como dijo el Rvdo. Martin Luther King Jr.— podemos liberarnos verdaderamente de la imaginación de Faraón.

Mientras guiamos a la Iglesia Episcopal en este tiempo tumultuoso, rezo para que podamos profesar la promesa de que la conversión de nuestros corazones en Cuaresma nos llevará, al fin, a la tumba vacía y a la alegría de la Resurrección.