A continuación se presenta la transcripción del discurso de apertura de la presidenta de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris, pronunciado el 22 de junio ante un encuentro conjunto de la Cámara de Diputados y la Cámara de Obispos en la 81.ª Convención General celebrada en Louisville, Kentucky. Vea el video del discurso de apertura en línea.
¡Hola, diputados/as; hola, Presencia Oficial de la Juventud; hola, obispos/as y visitantes, estimados invitados de la 81.ª Convención General!
Es una alegría inmensa estar aquí hoy con todos ustedes, por fin, en Louisville, Kentucky… ya están practicando cómo se pronuncia, ¿verdad? Se dice «Loovull», «Looaville»; ahí va, muy bien: nuestra increíble ciudad anfitriona de la 81.ª Convención General de la Iglesia Episcopal y lo que se ha convertido en mi nuevo segundo hogar. Quiero expresar mi más profunda gratitud al obispo White y a los diputados de Kentucky. Quiero agradecer al personal diocesano que ha estado trabajando largas horas, y el esfuerzo incansable que se ha dedicado a preparar este increíble encuentro. Su hospitalidad ya no ha pasado desapercibida, y apenas estamos comenzando. Espero que todos los demás tengan tiempo de aprovechar las oportunidades que nos rodean mientras exploran y conocen esta ciudad y todo lo que tiene para ofrecer.
Desde que se cerró la 80.ª Convención General, han pasado 1,026,720 minutos. Así que, si las actas les parecen un poco abstractas, tal vez les resulten más claras las 17,112 horas, o los 713 días, o los 23 meses y 12 días. Me gustan los números; este ha sido mi reloj de cuenta regresiva. En ese tiempo, guiados por el amor de Jesús y el amor mutuo, hemos atravesado como iglesia desafíos sin precedentes.
A nivel personal, durante este tiempo, me quitaron el aparato dental. ¡Gracias! Y cuando me lo quitaron, descubrí que, por primera vez en mi vida, tal vez pudiera silbar. ¿Lo intento? ¿Están listos? Va a ser muy decepcionante. Miren esto.
Todos ustedes también se han embarcado en este viaje conmigo, y durante este tiempo hubo momentos en los que aprendí mucho sobre liderazgo; aprendí a navegar por un difícil proceso del Título IV; y aprendí que a veces hay que pasar por situaciones realmente difíciles antes de poder sonreír con libertad. También aprendí que cuando tu Obispo/a Presidente, tu compañero en el liderazgo, a veces cómplice, está enfrentando sus propias batallas, tienes que recurrir —y yo tuve que recurrir— a mi base inquebrantable de fe, fortaleza y resiliencia, y eso me ayudó a seguir adelante, incluso si eso significaba volar en solitario por un rato. Durante este tiempo y en estos momentos, lo que aprendí y de lo que me di cuenta es que todos seguimos siendo obras en proceso, recorriendo juntos este hermoso y complicado camino, anclados para siempre en nuestro amor inquebrantable por Jesús.
Hace dos años, cuando me eligieron por primera vez como su presidenta, me presenté ante ustedes y los invité a emprender un viaje juntos. Sabía que el camino sería desafiante; que tendríamos que adentrarnos en territorio desconocido y enfrentar obstáculos inesperados. Pero también sabía que si nos arremangábamos, nos atábamos las botas de montaña y nos comprometíamos a caminar juntos en el amor, podríamos atravesar cualquier terreno y capear cualquier tormenta. Poco me imaginaba cuán intensas serían esas tormentas.
Durante más de dos años, nos hemos enfrentado a las consecuencias de una pandemia global; hemos clamado por justicia en medio de un ajuste de cuentas sobre el racismo; hemos luchado mientras se erosionaban los derechos humanos fundamentales de nuestra comunidad LGBTQ+; vivimos una polarización política cada vez mayor y nos enfrentamos a una situación económica incierta en los Estados Unidos. En nuestra propia comunidad, hemos abordado y seguiremos abordando algunas verdades incómodas y grandes preguntas en torno a nuestros procesos del Título IV y nuestra relación con los internados indígenas. Y a pesar de todo, hemos velado por nuestro querido Obispo/a Presidente mientras enfrentaba graves problemas de salud, siempre con valentía, dignidad y amor.
Los últimos dos años nos han puesto a prueba de formas que nunca hubiéramos imaginado. Puede que haya habido momentos en los que el camino pareciera desaparecer por completo, y en los que no pudiéramos ver una salida a través de la niebla del dolor, el miedo y la duda.
Y en esos momentos más oscuros, hicimos lo que siempre hacen los peregrinos: nos acercamos unos a otros, ofrecimos una mano para tomar, un hombro en el que apoyarse, una luz que nos guiara el camino. Recordamos que no estamos solos en este viaje, que nos tenemos los unos a los otros, que contamos con el Espíritu Santo a nuestro lado en cada paso. Sacamos fuerzas de las historias sagradas y las canciones que nos han sostenido durante generaciones, recordándonos el poder de la fe, la esperanza y el amor frente a la adversidad.
Al repasar el camino que hemos compartido, me invaden la gratitud, el asombro y la esperanza. Gratitud por las innumerables formas en que se han cuidado unos a otros y a sus comunidades, encarnando el amor de Jesús en la acción. Asombro ante la creatividad, la resiliencia y la adaptabilidad que han demostrado frente a desafíos sin precedentes. Y esperanza, porque he visto de primera mano la profundidad de su fe, la fuerza de su compromiso y el poder de nuestra unidad en Jesús.
Y así, paso a paso, milla tras milla, seguimos caminando —sin saber siempre adónde nos llevaría el camino, pero confiando en que nos llevaría a algún lugar nuevo, a algún lugar mejor—. Y en el camino, descubrimos reservas de valor, compasión y creatividad que no sabíamos que teníamos. Encontramos formas de conectarnos entre nosotros y con nuestras comunidades, de compartir el Evangelio y servir a nuestros vecinos necesitados. Aprendimos duras verdades sobre nosotros mismos y sobre nuestra iglesia, y comenzamos la labor dolorosa pero necesaria del arrepentimiento, la sanación y la transformación.
Ahora, al tener lugar el encuentro para esta 81.ª Convención General, nos encontramos en una encrucijada. El camino que dejamos atrás es largo y sinuoso. El camino que tenemos por delante está cubierto de niebla y es incierto. Pero una cosa está clara: no podemos regresar a donde estábamos antes. El mundo ha cambiado, y nosotros también.
La única manera de avanzar es seguir caminando juntos en amor, seguir apoyándonos unos en otros y escuchar la voz suave y apacible de Dios en el desierto.
Incluso en medio de estas dificultades, hemos visto señales notables de fidelidad, creatividad y resiliencia en toda la Iglesia Episcopal, como flores silvestres que florecen tras una lluvia poco común en el desierto.
Un ámbito en el que la resiliencia ha sido evidente es el trabajo de nuestros Comités Legislativos. Incluso en medio de esta nueva normalidad que la pandemia nos ha impuesto, estos fieles servidores se lanzaron de cabeza a la labor vital de cuidar y nutrir el suelo que es nuestra iglesia.
Debo tomarme un momento para reconocer y celebrar a nuestros Comités Legislativos por su increíble trabajo realizado en preparación para esta Convención General. Han celebrado 47 reuniones y 55 audiencias públicas durante los últimos cinco meses. Y durante ese tiempo, nuestros comités legislativos han escuchado más de 2,500 testimonios —más de 2,500 testimonios—. Y estos testimonios, gracias al apoyo de la Oficina de la Convención General, que nos ayuda con todas nuestras reuniones, también han sido posibles en todos los idiomas que hablamos como episcopales a través de nuestra interpretación simultánea. Y nuestros intérpretes simultáneos se encuentran allí mismo en este momento. Esas más de 2,500 personas son los miembros de nuestra iglesia que se dirigen directamente a la estructura de gobierno de nuestra iglesia de una manera que nunca antes había sido posible. Este es el ministerio de la estructura de gobierno en acción, y les doy las gracias.
Nuestros Comités Legislativos han sido como jardineros diligentes, labrando la tierra, sembrando semillas y alimentando el crecimiento de nuevas ideas y posibilidades. Han sembrado las semillas del cambio y la creatividad, y las han regado con oración y dedicación. Me enorgullece especialmente que, en la Cámara de Diputados, el 40 % de las personas designadas para formar parte de los Comités Legislativos se identifiquen a sí mismas como personas de color, y que contemos con 70 diputados/as menores de 40 años en los Comités Legislativos; además, tenemos 145 diputados/as mayores de 65 años. Y eso es solo el comienzo de la diversidad que tenemos en la Cámara de Diputados y en los Comités Legislativos.
Estas voces y experiencias diversas son como un jardín vibrante, en el que cada flor única contribuye a la belleza y la fortaleza generales de nuestra iglesia.
Estoy profundamente agradecida por este modelo de servicio: este cuidado y esta compasión por todo nuestro cuerpo. Como su presidenta, me enorgullece mucho la forma en que los diputados/as acuden una y otra vez a realizar la labor a la que están llamados. Una vez más, les doy las gracias.
Al reunirnos para esta 81.ª Convención General, tenemos una labor importante por delante. Vamos a examinar las formas en que cuidamos a nuestra gente, desde el Seguro de salud hasta las reformas del Título IV, pasando por la promoción de la salud mental y el bienestar. Vamos a reflexionar sobre cómo se ve la renovación ante una iglesia en transformación, explorando nuevos modelos de estructuras diocesanas, redefiniendo la vitalidad congregacional más allá de medir las promesas y alícuotas o la asistencia dominical promedio, y cómo vamos a ser más inclusivos con todos los que cruzan nuestras naves, trabajando para convertirnos en una iglesia donde «todos» realmente signifique «todos».
También nos dedicaremos a la labor sagrada del discernimiento, ya que elegiremos líderes para cargos clave. Estos incluyen al presidente y al vicepresidente de la Cámara de Diputados, a los miembros del Consejo Ejecutivo, a los representantes ante la junta directiva del Church Pension Group y mucho más. En un mundo que a menudo recurre a la división y a los ataques personales en los procesos electorales, estamos llamados a dar ejemplo de un camino diferente, uno arraigado en nuestra fe y en nuestro compromiso con el bienestar de nuestra iglesia. Nos afianzamos en la oración, buscando la sabiduría y la guía del Espíritu Santo. Nos esforzaremos por entablar un diálogo respetuoso, centrándonos en los temas y en las calificaciones de quienes han sido llamados a servir. Y recordaremos que, en última instancia, nuestra lealtad es hacia Jesús y hacia la misión de esta iglesia.
Y, por supuesto, tenemos una elección importante que definirá el futuro y la voz de nuestra iglesia en los años venideros: la del 28.º Obispo/a Presidente. Esta decisión tiene un profundo significado espiritual y exige nuestra consideración más devota y reflexiva. Como episcopales, no participamos en este proceso como si fuera una contienda política, sino como un discernimiento colectivo de la voluntad de Dios para nuestra iglesia.
El 26 de junio, la Cámara de Obispos, la cámara menor, se reunirá en la Catedral de Christ Church con un espíritu de deliberación devota para elegir al próximo Obispo/a Presidente de la Iglesia Episcopal. Tras su elección, la Cámara de Diputados, la cámara mayor, tendrá la responsabilidad de confirmar o no esa elección. Al asumir este deber sagrado, rezo para que no nos guiemos por preferencias personales ni por consideraciones mundanas, sino por el deseo sincero de seguir el llamado del Espíritu Santo. Que abordemos este momento con humildad, con el corazón abierto y con un profundo sentido de responsabilidad hacia nuestra iglesia.
Este llamado —esto es exactamente a lo que estamos llamados cuando compartimos el discernimiento— es el corazón de lo que significa estar «Juntos en el Amor».
Durante los últimos dos años, he viajado por toda nuestra iglesia internacional. Me he reunido con innumerables fieles episcopales; muchos de ustedes están en esta sala. He llegado a comprender que «Juntos en el amor» es más que un simple eslogan. Es un encargo sagrado, un llamado santo, a encarnar el amor reconciliador de Cristo en todo lo que decimos y hacemos. Significa comprometernos con el arduo trabajo, la labor de santidad que es la justicia, no en abstracto, sino en realidades y acciones concretas en nuestras comunidades y en nuestras iglesias.
A través de esta experiencia y reflexión, me he centrado en tres prioridades clave, que unen nuestro llamado al amor a la manera de Cristo con la estructura de gobierno y liderazgo eclesiástico. Estas prioridades son la accesibilidad, la inclusión y la seguridad: valores esenciales para hacer realidad nuestro compromiso de ser una iglesia donde todos sean verdaderamente bienvenidos, valorados y facultados para ejercer liderazgo.
La accesibilidad va mucho más allá de las rampas y los elevadores, aunque estos son de vital importancia. Se trata de cultivar una cultura de acogida radical, donde cada persona sepa que pertenece a este lugar y que cada voz cuenta. Significa examinar las formas en que nuestras estructuras, sistemas y cultura pueden estar, sin quererlo, excluyendo a las personas de la sala, literalmente. Significa trabajar activamente para desmantelar esas barreras, literalmente. En la Cámara de Diputados, hemos dado pasos en esta dirección al proporcionar amplios servicios de traducción, interpretación simultánea y ofrecer un amplio acceso digital a los materiales legislativos, además de trabajar para que nuestros procesos sean más transparentes y participativos. Y aún nos queda mucho más por hacer para cumplir verdaderamente con la promesa de la accesibilidad.
La inclusividad es la labor sagrada de reconocer la imagen de Dios en cada persona. Significa honrar la hermosa diversidad de la familia humana y asegurar que nuestro liderazgo refleje todo el espectro del pueblo de Dios. Porque con demasiada frecuencia, las voces de quienes se encuentran en los márgenes —las personas de color, las personas LGBTQ+, las personas con discapacidad, los inmigrantes y tantos otros— han sido excluidas de las esferas de poder de nuestra iglesia. Al abordar temas de justicia y representación, debemos hacerlo con profunda humildad, comprometiéndonos a escuchar atentamente y a aprender de manera intencional de quienes tienen experiencia vivida. Debemos estar dispuestos a escuchar y enfrentar verdades difíciles sobre las formas en que nuestra iglesia ha fallado, y a realizar el trabajo de arrepentimiento y reparación. Porque solo así podremos convertirnos en la comunidad amada que proclamamos ser.
Y la seguridad es el cimiento sobre el que debe construirse toda nuestra labor. En un mundo donde demasiadas personas han sufrido el dolor del abuso, la discriminación y la exclusión, la iglesia debe ser un santuario de sanación y esperanza —un sueño del que, a veces, nos quedamos cortos. Esto significa no solo garantizar la seguridad física, sino también crear entornos de cuidado emocional y espiritual. Significa contar con políticas claras y compasivas para abordar la conducta inapropiada, y acompañar a los sobrevivientes con sensibilidad y apoyo.
Y con ese fin, invito a todos los diputados y diputados suplentes a firmar un Pacto Comunitario voluntario de la Cámara de Diputados, comprometiéndonos con los valores de respeto, confianza y cuidado mutuo que deben guiar nuestro trabajo conjunto. Como personas de fe, estamos llamados a ser embajadores de la paz de Cristo, trabajando para sanar heridas y tender puentes de entendimiento.
Agradezco a los 574 diputados/as de la Cámara de Diputados que ya han firmado el Pacto Comunitario voluntario. Gracias.
Al vivir de acuerdo con estos valores de accesibilidad, inclusión y seguridad, ofrecemos al mundo un testimonio contracultural en un mundo que con tanta frecuencia se ve empañado por la división y la desconfianza. Proclamamos con palabras y con el ejemplo el poder del amor reconciliador de Jesús para derribar muros y sanar a los de corazón quebrantado. Esto, amigos míos, es el corazón de nuestro llamado como iglesia: ser un faro de esperanza, una comunidad solidaria y una fuerza de sanación en un mundo quebrantado.
Así que, al tener nuestro encuentro para esta 81.ª Convención General, que vengamos con corazones abiertos y expectantes, listos para dejarnos guiar por el Espíritu hacia el futuro que Dios tiene para nuestra iglesia. Que nos comprometamos de nuevo a caminar «Juntos en Amor», incluso cuando el camino sea difícil. Que saquemos fuerzas de las aguas vivas de nuestra fe, confiando en que el mismo Dios que nos ha traído hasta aquí seguramente nos guiará hacia nuestra iglesia del futuro.
Estoy muy agradecida con cada uno de ustedes: por su presencia aquí hoy, por su fidelidad en la oración y el servicio, por las muchas formas en que encarnan el amor de Cristo en su comunidad. Me siento honrada y humilde de servir junto a ustedes en esta obra sagrada. «Juntos en el amor», que sigamos sembrando las semillas de la esperanza y la justicia, confiando en que la promesa de Dios sin duda traerá cosecha.
Que Dios los bendiga, que Dios bendiga a nuestra amada Iglesia Episcopal y que Dios bendiga a las comunidades a las que servimos. Juntos en amor, avancemos con valentía y verdad.
81.ª Convención General de la Iglesia Episcopal: Discurso de apertura de la presidenta de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris
La siguiente es una transcripción del discurso de apertura que la presidenta de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris, pronunció el 22 de junio en una sesión conjunta de la Cámara de Diputados y la Cámara de Obispos durante la 81ª Convención General en Louisville, Kentucky. Vea un video del discurso de apertura en línea.
¡Saludos, diputados; saludos, Presencia Oficial de la Juventud; saludos, obispos y visitantes; estimados invitados de la 81.ª Convención General!
Es una inmensa alegría estar aquí con todos ustedes hoy, por fin, en Louisville, Kentucky. Están practicando cómo se pronuncia, ¿verdad? Es «Loovul», «Looavil»; ahí lo tienen, muy bien: nuestra increíble ciudad anfitriona de la 81.ª Convención General de la Iglesia Episcopal y la que se ha convertido en mi nuevo segundo hogar. Quiero expresar mi más profundo agradecimiento al obispo White y a los diputados de Kentucky. Quiero agradecer al personal diocesano que ha estado trabajando muchas horas y el esfuerzo incansable que se ha realizado para preparar esta increíble reunión. Su hospitalidad no ha pasado desapercibida y apenas estamos comenzando. Espero que el resto de ustedes tenga tiempo para disfrutar de las oportunidades que nos rodean mientras exploran y conocen esta ciudad y todo lo que tiene para ofrecer.
Desde que el mazo cayó en mis manos en la 80.ª Convención General, han pasado 1 026 720 minutos. Si los minutos les parecen un poco abstractos, tal vez 17 112 horas, o 713 días, o 23 meses y 12 días. Me gustan los números; este ha sido mi reloj de cuenta regresiva. En ese tiempo, con el amor de Jesús y de los demás para guiarnos, hemos atravesado, como Iglesia, desafíos sin precedentes.
Personalmente, durante este tiempo me quité los aparatos dentales. ¡Gracias! Y cuando me los quitaron, supe que podría estar cerca de silbar por primera vez en mi vida. ¿Lo intento? ¿Están listos? Va a ser muy decepcionante. Miren esto.
Todos ustedes también se han embarcado en este viaje conmigo, y durante este tiempo hubo momentos en los que aprendí mucho sobre lecciones de liderazgo. Aprendí a atravesar un difícil proceso del Título IV, y aprendí que a veces hay que analizar algunas cosas realmente difíciles antes de poder sonreír libremente. También aprendí que cuando tu Obispo Primado, tu socio en el liderazgo, a veces cómplice en el delito, enfrenta sus propias batallas, tienes que recurrir (y yo tuve que hacerlo) a tu base inquebrantable de fe, fortaleza y resiliencia, y eso me ayudó a salir adelante, incluso si eso significó volar sola por un tiempo. Durante ese tiempo y en estos momentos, lo que aprendí y de lo que me di cuenta es que todos seguimos siendo un proyecto en curso, emprendiendo juntos este hermoso y caótico viaje, anclados para siempre en nuestro inquebrantable amor por Jesús.
Hace dos años, cuando me eligieron presidenta por primera vez, me presenté ante ustedes y los invité a emprender un viaje juntos. Sabía que el camino sería difícil, que necesitaríamos transitar por territorios inexplorados y enfrentar obstáculos inesperados. Pero también sabía que si nos arremangábamos, nos atábamos las botas de montaña y nos comprometíamos a caminar juntos con amor, podríamos atravesar cualquier terreno y capear cualquier tormenta. No sabía cuán intensas serían esas tormentas.
Durante dos años, hemos lidiado con las consecuencias de una pandemia global; hemos clamado por justicia a través de la rendición de cuentas racial; hemos luchado por los derechos humanos básicos de nuestra comunidad LGBTQ+, que se han visto mermados; hemos vivido una creciente polarización política y hemos lidiado con una situación económica incierta en EE. UU. En nuestra propia organización, hemos abordado y seguiremos abordando algunas preguntas incómodas para decir la verdad sobre nuestros procesos del Título IV y nuestra relación con los internados indígenas. Y a pesar de todo, cuidamos de nuestro querido Obispo Primado mientras enfrentaba graves problemas de salud, siempre con valentía, gracia y amor.
Los últimos dos años nos han puesto a prueba de maneras que nunca hubiéramos imaginado. Es posible que hubiera momentos en los que el camino pareciera desaparecer por completo y en los que no pudiéramos ver un camino a seguir a través de la niebla del dolor, del miedo y de la duda.
Y en esos momentos sombríos, hicimos lo que siempre hacen los forasteros: nos acercamos unos a otros, nos ofrecimos una mano para sostenernos, un hombro en el que apoyarnos, una luz para orientarnos en el camino. Recordamos que no estábamos solos en este camino, que nos teníamos unos a otros, que contamos con el Espíritu Santo a nuestro lado en cada paso. Sacamos fuerzas de las historias y los cánticos sagrados que nos han sostenido durante generaciones, recordándonos el poder de la fe, la esperanza y el amor frente a la adversidad.
Al recordar el viaje que hemos compartido, me siento llena de gratitud, asombro y esperanza. Gratitud por las innumerables formas en que se han preocupado unos por otros y por sus comunidades, encarnando el amor de Jesús en acción. Asombro por la creatividad, la resiliencia y la adaptabilidad que han demostrado frente a desafíos sin precedentes. Y esperanza, porque he visto de primera mano la profundidad de su fe, la fuerza de su compromiso y el poder de nuestra unidad en Jesús.
Y así, paso a paso, milla tras milla, seguimos caminando, sin saber siempre adónde nos llevaría el camino, pero confiando en que nos llevaría a un lugar nuevo, a un lugar mejor. Y en el camino, descubrimos reservas de valor, de compasión y de creatividad que nunca supimos que teníamos. Encontramos formas de conectarnos entre nosotros y con nuestras comunidades, para compartir el Evangelio y servir a nuestros prójimos necesitados. Aprendimos duras verdades sobre nosotros y sobre nuestra Iglesia, y comenzamos la dolorosa pero necesaria labor del arrepentimiento, la recuperación y la transformación.
Ahora, al reunirnos para esta 81.ª Convención General, nos encontramos en una encrucijada. El camino que dejamos atrás es largo y sinuoso. El camino que tenemos por delante es brumoso e incierto. Pero una cosa está clara: no podemos volver a donde estábamos antes. El mundo ha cambiado y nosotros también.
El único camino a seguir es seguir caminando juntos en el amor, seguir apoyándonos mutuamente y escuchando la suave vocecita de Dios en el desierto.
Incluso en medio de estas dificultades, hemos visto signos notables de fidelidad, creatividad y resiliencia en toda nuestra Iglesia Episcopal, como flores silvestres que brotan tras una lluvia inusual en el desierto.
Un lugar donde la resiliencia ha sido evidente es en la labor de nuestros comités legislativos. Incluso en medio de esta nueva normalidad que nos ha impuesto la pandemia, estos fieles servidores se lanzaron de cabeza a la labor vital de cuidar y nutrir el suelo que es nuestra Iglesia.
Debo tomarme un momento para reconocer y celebrar a nuestros comités legislativos por el increíble trabajo que han realizado en preparación para esta Convención General. Han celebrado 47 reuniones y 55 audiencias abiertas durante los últimos cinco meses. Y durante ese tiempo, nuestros comités legislativos han escuchado más de 2.500 testimonios —¡más de 2.500 testimonios! Y estos testimonios, gracias al apoyo de la Oficina de la Convención General, que respalda todas nuestras reuniones y que también ayudó a que esos testimonios se hicieran realidad en todos los idiomas que hablamos como episcopales a través de nuestra interpretación simultánea. Y nuestros intérpretes simultáneos están aquí en este momento. Más de 2.500 son las personas de nuestra Iglesia que interpelan directamente al gobierno de nuestra Iglesia de una manera que nunca antes había sido posible. Este es el ministerio de gobierno en acción y se los agradezco.
Nuestros comités legislativos han sido como jardineros diligentes, labrando la tierra, plantando semillas y fomentando el crecimiento de nuevas ideas y posibilidades. Han plantado las semillas del cambio y la creatividad y las han regado con oración y dedicación. Me enorgullece especialmente que, en la Cámara de Diputados, el 40 % de las personas designadas para los comités legislativos se identifiquen a sí mismas como personas de color, y que contemos con 70 diputados menores de 40 años en los comités legislativos; y contamos con 145 diputados mayores de 65 años. Y eso es solo el comienzo de la diversidad que tenemos en la Cámara de Diputados y en las comisiones legislativas.
Estas voces y experiencias diversas son como un jardín floreciente, donde cada flor única contribuye a la belleza y fortaleza general de nuestra Iglesia.
Estoy profundamente agradecida por este modelo de servicio: este cuidado y esta compasión por todo nuestro cuerpo. Como su presidenta, me siento muy orgullosa de la forma en que los diputados se presentan una y otra vez para hacer el trabajo al que están llamados. Una vez más, les doy las gracias.
Mientras nos reunimos para esta 81.ª Convención General, tenemos una importante tarea por delante. Vamos a examinar las formas en que cuidamos a nuestra gente, desde el seguro médico hasta las reformas del Título IV y la promoción de la salud y el bienestar mental. Vamos a analizar cómo se perfila la renovación ante una Iglesia en constante cambio, explorando nuevos modelos de estructuras diocesanas, redefiniendo la vitalidad congregacional más allá de medir las ofrendas de la bandeja, las promesas de donativo o la asistencia dominical promedio, y cómo vamos a ser más inclusivos para todos los que ingresan a nuestras naves, esforzándonos por convertirnos en una Iglesia donde «todos» realmente signifique «todos».
También vamos a participar en la sagrada labor del discernimiento al elegir líderes para cargos decisivos. Estos incluyen al presidente y al vicepresidente de la Cámara de Diputados, a los miembros del Consejo Ejecutivo, a los representantes en la junta directiva del Fondo de Pensiones de la Iglesia y mucho más. En un mundo que a menudo recurre a la división y a los ataques personales en los procesos electorales, estamos llamados a trazar un camino diferente, arraigado en nuestra fe y en nuestro compromiso con el bienestar de nuestra Iglesia. Nos apoyamos en la oración, buscando la sabiduría y la guía del Espíritu Santo. Nos esforzaremos por entablar un diálogo respetuoso, centrándonos en los problemas y en las calificaciones de quienes han sido llamados a servir. Y recordaremos que, en última instancia, nuestra lealtad es hacia Jesús y hacia la misión de esta Iglesia.
Y, por supuesto, tenemos una elección importante que moldeará el futuro y la voz de nuestra Iglesia en los años venideros: la del 28.º Obispo Primado. Esta decisión tiene un profundo significado espiritual y exige nuestra más profunda consideración y oración. Como episcopales, no participamos en este proceso como si se tratara de una contienda política, sino como un discernimiento colectivo de la voluntad de Dios para nuestra Iglesia.
El 26 de junio, la Cámara de Obispos, la cámara menor, se reunirá en la Iglesia Catedral de Cristo en un espíritu de deliberación y oración para elegir al próximo Obispo Primado de la Iglesia Episcopal. Tras su elección, la Cámara de Diputados, la cámara mayor, tendrá la responsabilidad de confirmar o no dicha elección. Al asumir este deber sagrado, oro para que seamos guiados no por preferencias personales o consideraciones mundanas, sino por el deseo sincero de seguir el ejemplo del llamado del Espíritu Santo. Que abordemos este momento con humildad, con corazones abiertos y con un profundo sentido de responsabilidad por nuestra Iglesia.
Este llamado es exactamente lo que estamos llamados a hacer cuando compartimos el discernimiento. Es la esencia de lo que significa estar «Juntos en el Amor».
Durante los últimos dos años, he viajado por nuestra Iglesia internacional. Me he reunido con innumerables fieles episcopales —muchos de ustedes están en esta sala—. He llegado a comprender que «Juntos en el Amor» es más que un simple eslogan. Es un encargo sagrado, un llamado santo a encarnar el amor reconciliador de Cristo en todo lo que decimos y hacemos. Significa comprometernos con el trabajo arduo, el trabajo santo que es la justicia, no en abstracto, sino en realidades y acciones concretas en nuestras comunidades y en nuestras iglesias.
A través de esta experiencia y esta reflexión, me he basado en tres prioridades fundamentales, uniendo nuestro llamado al amor cristiano con la labor de gobierno y liderazgo de la Iglesia. Estas prioridades son la accesibilidad, la inclusión y la seguridad, valores esenciales para hacer realidad nuestro compromiso de ser una Iglesia donde todos sean verdaderamente bienvenidos, valorados y capacitados para ejercer el liderazgo.
La accesibilidad es mucho más que rampas y ascensores, aunque estos sean de vital importancia. Se trata de cultivar una cultura de acogida radical, donde cada persona sepa que pertenece y donde cada voz importe. Significa examinar las formas en que nuestras estructuras, sistemas y cultura pueden estar impidiendo, sin darnos cuenta, que las personas entren a la sala, literalmente. Significa trabajar activamente para desmantelar esas barreras, literalmente. En la Cámara de Diputados, hemos dado pasos en esta dirección al brindar amplios servicios de traducción e interpretación simultánea y al ofrecer un amplio acceso digital a los materiales legislativos, además de trabajar para que nuestros procesos sean más transparentes y participativos. Y aún nos queda mucho más por hacer para cumplir verdaderamente con la promesa de la accesibilidad.
La inclusión es la labor sagrada de reconocer la imagen de Dios en cada persona. Significa honrar la hermosa diversidad de la familia humana y garantizar que nuestro liderazgo refleje todo el espectro del pueblo de Dios. Porque con demasiada frecuencia, las voces de los marginados (personas de color, personas LGBTQ+, personas con discapacidades, inmigrantes y muchos otros) han sido excluidas de las salas de poder de nuestra Iglesia. Al abordar cuestiones de justicia y representación, debemos hacerlo con profunda humildad, comprometiéndonos a escuchar atentamente y a aprender conscientemente de quienes tienen experiencias vividas. Debemos estar dispuestos a escuchar y enfrentar verdades duras sobre las formas en que nuestra Iglesia ha fallado, y a llevar a cabo la labor de arrepentimiento y reparación. Porque solo así podremos convertirnos en la Comunidad Amada que proclamamos ser.
Y la seguridad es la base sobre la que debe construirse todo nuestro trabajo. En un mundo donde demasiadas personas han experimentado el dolor del abuso, la discriminación y la exclusión, la Iglesia debe ser un santuario de recuperación y de esperanza, un sueño que a veces no alcanzamos. Esto significa no solo garantizar la seguridad física, sino también crear entornos de cuidado emocional y espiritual. Significa contar con normas claras y compasivas para abordar las conductas indebidas y acompañar a los sobrevivientes con sensibilidad y apoyo.
Y con ese fin, invito a todos los diputados y diputadas suplentes a firmar un Pacto de Comunidad voluntario de la Cámara de Diputados, comprometiéndonos con los valores de respeto, confianza y cuidado mutuo que deben guiar nuestra labor conjunta. Como personas de fe, estamos llamadas a ser embajadoras de la paz de Cristo, trabajando para sanar heridas y tender puentes de entendimiento.
Agradezco a los 574 miembros de la Cámara de Diputados que ya firmaron el Pacto de Comunidad voluntario. Gracias.
Al vivir estos valores de accesibilidad, inclusión y seguridad, ofrecemos al mundo un testimonio contracultural en un mundo que a menudo se ve empañado por la división y la desconfianza. Proclamamos con la palabra y el ejemplo el poder del amor reconciliador de Jesús para derribar muros y vendar a los quebrantados de corazón. Esto, amigos míos, es la esencia de nuestro llamado como Iglesia: ser un faro de esperanza, una comunidad solidaria y una fuerza de restauración en un mundo quebrantado.
Así pues, al reunirnos para esta 81.ª Convención General, podemos hacerlo con corazones abiertos y expectantes, listos para ser guiados por el Espíritu hacia el futuro que Dios tiene para nuestra Iglesia. Que nos comprometamos nuevamente a caminar «juntos en el amor», incluso cuando el camino sea difícil. Que podamos sacar fuerzas de las aguas vivas de nuestra fe, confiando en que el mismo Dios que nos ha traído hasta aquí seguramente nos guiará hacia nuestra Iglesia del futuro.
Estoy muy agradecida a todos y cada uno de ustedes por su presencia aquí hoy, por su fidelidad en la oración y el servicio, por las muchas formas en que encarnan el amor de Cristo en su comunidad. Me siento humildemente honrada de servir junto a ustedes en esta labor sagrada. Que podamos, «juntos en el amor», seguir sembrando semillas de esperanza y justicia, confiando en que la promesa de Dios seguramente nos dará la cosecha.
Que Dios los bendiga, que Dios bendiga a nuestra querida Iglesia Episcopal y que Dios bendiga a las comunidades a las que servimos. Juntos en el amor, avancemos con valentía y verdad.





