Propio 18 (A) – 6 de septiembre de 2026

LCR: Ezequiel 33:7–11; Salmo 119:33–40; Romanos 13:8–14; San Mateo 18:15–20

No hay familia sin heridas, matrimonio sin desacuerdos, iglesia sin conflictos. El problema no es que existan diferencias, el problema es lo que hacemos con ellas. Todos hemos sido heridos por alguien y todos hemos herido a alguien, a veces incluso sin pretenderlo o saberlo. Jesús sabe que nuestras historias son complejas y nuestras relaciones imperfectas, por eso, en este pasaje de Mateo, se esfuerza en enseñarnos la importancia de redimir nuestras relaciones. La manera en que nos relacionamos unos con otros determina si hacemos visible la presencia de Cristo o la ocultamos, y por eso este texto cobra un carácter urgente para nuestra fe.

El Evangelio de Mateo es probablemente el que más habla acerca del Reino de Dios: «El Reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo», «El Reino de los cielos es semejante a una semilla de mostaza», «El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo», etc. Pero, a partir del capítulo 16, el Evangelio de Mateo da un giro importante. En este punto Mateo narra lo que ocurre cuando Jesús, finalmente, ha emprendido su camino a Jerusalén, destino final de su ministerio. Mientras se acerca el final su atención se centra en los discípulos y en el tipo de relaciones que están llamados a vivir; por eso Jesús les ofrece consejos muy prácticos sobre cómo vivir y relacionarse entre ellos.

Jesús dijo: «Si tu hermano te hace algo malo, habla con él a solas y hazle reconocer su falta. Si te hace caso, ya has ganado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, para que toda acusación se base en el testimonio de dos o tres testigos». Un buen terapeuta seguramente estaría de acuerdo con Jesús. Es un consejo muy sabio. Si tienes un problema con alguien, ve y habla con ese alguien. Pero no perdamos de vista que Jesús no está dando una fórmula mágica para arreglar todos nuestros desacuerdos, porque tal cosa no existe más allá de la magia. Sólo el amor genuino encierra en sí mismo un poder que ninguna técnica puede resolver por completo.

Acercarnos y hablar con aquel con quien tenemos un desacuerdo es lo más lleno de sentido que podamos pensar. Ahora bien, sabemos que así no es como la mayoría de nosotros funciona. De hecho, muchas veces hacemos exactamente lo contrario: cuando tenemos un problema con alguien, vamos a hablar con otra persona acerca de ese alguien; sucede con mucha frecuencia en nuestras familias, trabajos y cultura. No es algo nuevo y tampoco es algo útil. Por eso, aunque las palabras de Jesús no constituyen una fórmula de tres pasos porque cada relación humana es tan única como cada persona, sí enseñan cómo vivir conforme a los principios del Reino. La madurez cristiana nos enseña a sanar lo que se rompe. La Iglesia no se destruye necesariamente por los desacuerdos, se destruye cuando dejamos de hablarlos.

Luego, Jesús dice algo muy profundo y sencillo, tan sencillo que podemos dejar de asombrarnos ante ello, pero que merece toda nuestra atención: «Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Jesús no dice: Cuando hayan construido la catedral, o cuando hayan terminado el servicio, o cuando el sacerdote levante el pan, o cuando hayan cantado el primer himno. No. Jesús dice: «Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Antes de abrir la Biblia, del sermón, de la Eucaristía, de cualquier rito, Cristo ya está presente aquí, ahora, con nosotros, y eso cambia todo.

Durante siglos hemos tratado de definir y encerrar la presencia de Dios en lugares, objetos, momentos sagrados o, incluso, dentro de los sacramentos, y en todos ellos Él puede estar presente, y amamos nuestros sacramentos, liturgia y templos, pero Jesús va siempre más lejos. Jesús pone su presencia en medio de una comunidad que aprende a amarse, escucharse y reconciliarse. La primera evidencia de la presencia de Cristo no es un edificio, un programa, ni siquiera un rito; la primera evidencia de la presencia de Cristo es una comunidad reconciliada. Y, si eso no fuera suficientemente sorprendente, todavía en este texto de Mateo encontramos versículos igualmente poderosos.

Dos capítulos antes, después de la hermosa confesión de Pedro, Jesús le entregó las llaves del Reino y le dijo: «Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Ahora Jesús ya no se dirige solamente a Pedro, sino a todos nosotros, a la comunidad, a ustedes. Y les dice: «Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo». Dios ha puesto algo extraordinario en nuestras manos. Nos ha confiado el poder de atar y de desatar, y eso no es poca cosa. Podemos atar una familia con años de resentimiento, una amistad con el orgullo, una iglesia con el chisme y la división. Pero también podemos desatar, liberar, sanar, abrir puertas que parecían cerradas y que nadie más podría abrir; podemos decir: Te perdono, perdóname. Podemos volver a empezar. Cuando hacemos eso, no estamos solos porque Cristo mismo está en medio de nosotros.

Quizás ahí está el milagro más grande de este Evangelio: que la presencia de Cristo no se manifiesta solamente cuando levantamos nuestros ojos hacia el cielo, sino cuando nos volvemos unos hacia otros y nos miramos con amor. Porque donde dos o tres se reúnen en su nombre, donde dos o tres se escuchan, donde dos o tres se perdonan, donde dos o tres se niegan a abandonar la relación, donde dos o tres siguen amándose a pesar de las heridas, allí está Cristo. Y donde Cristo está presente, siempre hay esperanza, un nuevo comienzo. Siempre hay resurrección.

Quizá la pregunta que este Evangelio nos deja hoy no es cuánto sabemos de Dios, ni siquiera cuántas veces venimos a la iglesia. La pregunta es más sencilla y exigente: ¿a quién necesita reconciliar nuestro corazón? Tal vez haya una llamada pendiente, una conversación que hemos pospuesto durante demasiado tiempo, una palabra de perdón que necesita ser pronunciada, una herida que hemos alimentado durante años y que el Señor hoy nos invita a sanar. Porque la Iglesia existe para transparentar la presencia de Cristo en el mundo, para ser un signo visible de la presencia de Cristo en el mundo. Y esa presencia se hace visible, no cuando somos perfectos, sino cuando, aun siendo imperfectos, escogemos el camino del amor, de la verdad y de la reconciliación. Cuando hacemos eso, el Evangelio deja de ser solamente algo que escuchamos y se convierte en algo que el mundo puede ver; se encarna en aquello que estamos llamados a ser: una Iglesia que peregrina y transforma vidas cuando dos o tres se reúnen en su nombre.

El Rvdo. Andreis Díaz es Vice-Rector de Christ Church, Ponte Vedra Beach, Florida, Diócesis de Florida.