Querido pueblo de Dios de la Iglesia Episcopal:
Les escribo desde Ginebra, donde me encuentro reunida con socios internacionales del Consejo Mundial de Iglesias y la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados. Mientras discutimos cómo nuestras instituciones podrían actuar con fidelidad y valentía en estos tiempos turbulentos, he estado reflexionando sobre cómo nosotros, los episcopales, podemos responder a lo que está sucediendo a nuestro alrededor como seguidores de Cristo resucitado, cuya lealtad principal es hacia el reino de Dios, no hacia ninguna nación ni partido político.
Los acontecimientos de los últimos días le dan un carácter de urgencia a este desafío espiritual. A principios de esta semana entró en vigor la orden ejecutiva del presidente Trump que prohíbe o restringe los viajes desde 19 países. Esta orden afecta a países que albergan diócesis de la Iglesia Episcopal y a muchos de nuestros socios de la Comunión anglicana, y he escrito a los obispos y primados de esos países para expresar nuestra preocupación.
El despliegue injustificado de la Guardia Nacional y del Cuerpo de Marines de EE. UU. en las calles de Los Ángeles también marca un giro peligroso. Como han señalado los obispos/as de California, estos despliegues militares corren el riesgo de intensificar innecesariamente los enfrentamientos y sientan un precedente peligroso para futuros despliegues que aumenten las tensiones en lugar de resolverlas. Como cristianos comprometidos a luchar por la justicia y la paz entre todas las personas, sabemos que hay una mejor manera.
Lo que estamos presenciando es el tipo de distorsión que surge cuando instituciones como las fuerzas armadas y el Departamento de Estado se vuelven contra las personas a las que se supone deben proteger. Estos pilares del gobierno federal, diseñados para salvaguardar la sociedad civil y promover la paz y la estabilidad, ahora se están utilizando como arma para obtener ventajas políticas.
La violencia que vemos en la televisión no es nuestro único riesgo. También estamos viendo propuestas presupuestarias que desviarían recursos de los pobres hacia los ricos; se niega el debido proceso a los inmigrantes; y se está recortando el financiamiento de programas esenciales de atención médica, servicios sociales y ayuda internacional que durante mucho tiempo han cumplido con el mandato del Evangelio de cuidar a los vulnerables, a los niños y a quienes padecen hambre y enfermedad.
Con todo esto en mente, estamos buscando formas de responder como cristianos a lo que vemos suceder a nuestro alrededor. Estamos explorando opciones para apoyar los litigios que impugnan la prohibición de viajar con base en la libertad religiosa; abogando por un gasto federal que proteja el bienestar de los más vulnerables; cuidando a los inmigrantes y refugiados en nuestras congregaciones y comunidades; y mostrándonos solidarios con otros grupos religiosos. En resumen, estamos practicando una resistencia institucional basada no en lealtades partidistas, sino en la convicción cristiana.
En su mejor momento, nuestra iglesia es capaz de mostrar claridad moral y un compromiso firme con la justicia. Creo que podemos aprovechar esas fortalezas ante este encuentro que se avecina. Iglesias como la nuestra, protegidas por la Primera Enmienda y con experiencia en movilizar a personas de buena voluntad, pueden ser algunas de las últimas instituciones capaces de resistir la injusticia que ahora se está imponiendo. Ese no es un papel que hayamos buscado, pero es aquel al que estamos llamados.
En Ginebra, se me ha recordado que formamos parte de una comunión global de esperanza en Cristo resucitado. No estamos solos al vivir de acuerdo con nuestras promesas de Bautismo: perseverar en la resistencia al mal, luchar por la justicia y la paz entre todas las personas, y respetar la dignidad de cada ser humano. En estos tiempos turbulentos, ojalá encontremos valor y fortaleza en nuestra identidad como miembros del Cuerpo de Cristo.
Suyo en Cristo,

El Rvdmo. Sean Rowe
, Obispo/a
Presidente de la Iglesia Episcopal
Cómo actuar fielmente en tiempos difíciles: una carta del Obispo Presidente Rowe
Querido pueblo de Dios en la Iglesia Episcopal:
Les escribo desde Ginebra, donde me encuentro reunido con socios de todo el mundo en el Consejo Mundial de Iglesias y la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. A medida que hemos hablado de las formas en que nuestras instituciones podrían actuar fielmente y con audacia en estos tiempos turbulentos, he estado reflexionando sobre cómo los episcopales, como seguidores del Cristo Resucitado cuya lealtad principal es al reino de Dios y no a ninguna nación ni partido político, podemos responder a lo que está sucediendo a nuestro alrededor.
Los acontecimientos de los últimos días convierten este desafío espiritual en un asunto urgente. A principios de esta semana, entró en vigor la orden ejecutiva del presidente Trump que prohíbe o restringe los viajes procedentes de 19 países. Esta orden afecta a países que albergan diócesis de la Iglesia Episcopal y de muchos de nuestros socios de la Comunión Anglicana, y les he escrito a los obispos y a los primados de esos países para expresarles nuestra preocupación.
El despliegue injustificado de la Guardia Nacional y el Cuerpo de Marines de EE. UU. en las calles de Los Ángeles también marca un giro peligroso. Como han señalado los obispos de California, estos despliegues militares conllevan el riesgo de agravar innecesariamente los enfrentamientos y sientan un precedente peligroso para futuros despliegues que aumentarán las tensiones en lugar de resolverlas. Como cristianos comprometidos a luchar por la justicia y la paz entre todas las personas, sabemos que hay una mejor manera de hacer las cosas.
Lo que estamos presenciando es el tipo de distorsión que surge cuando instituciones como las fuerzas armadas y el Departamento de Estado se vuelven contra las personas a las que deben proteger. Estos pilares del gobierno federal, concebidos para salvaguardar a la sociedad civil y promover la paz y la estabilidad, se están convirtiendo ahora en armas para lograr ventajas políticas.
La violencia en la televisión no es nuestro único riesgo. También estamos viendo las propuestas para el presupuesto federal que desplazarían recursos de los pobres hacia los ricos, la denegación del debido proceso a los inmigrantes, la eliminación de fondos para programas esenciales de salud pública, servicios sociales y ayuda exterior que desde hace mucho tiempo han cumplido el mandato de los Evangelios de cuidar a los vulnerables, los niños, los hambrientos y los enfermos.
Con todo esto en mente, estamos encontrando formas de responder como cristianos a lo que vemos que ocurre a nuestro alrededor. Estamos explorando opciones para apoyar litigios que impugnen la prohibición de viajar por motivos de libertad religiosa, abogando por un gasto federal que salvaguarde el bienestar de los más vulnerables, atendiendo a inmigrantes y refugiados en nuestras congregaciones y comunidades, y solidarizándonos con otros grupos religiosos. En resumen, estamos practicando una resistencia institucional basada no en la lealtad partidista, sino en la convicción cristiana.
En sus mejores momentos, nuestra iglesia es capaz de alcanzar una claridad moral y un compromiso decidido con la justicia. Creo que podemos concentrar esas fortalezas para enfrentar la tormenta que se avecina. Las iglesias como la nuestra, protegidas por la Primera Enmienda y con la capacidad de movilizar a las personas de buena voluntad, podrían ser algunas de las últimas instituciones con capacidad para resistir la injusticia que ahora se está imponiendo. No es un papel que hayamos buscado desempeñar, pero sí es uno al que estamos llamados.
En Ginebra, se me ha recordado que formamos parte de una comunión mundial de esperanza en el Cristo Resucitado. No estamos solos al vivir nuestras promesas bautismales: perseverar en la resistencia ante el mal, luchar por la justicia y la paz entre todos los pueblos, y respetar la dignidad de todos los seres humanos. Que en estos tiempos difíciles, encontremos valor y resiliencia en nuestra identidad como miembros del Cuerpo de Cristo.
Suyo en Cristo,

Rvdmo. Sean Rowe
, Obispo Presidente
de la Iglesia Episcopal





