La que sigue es una transcripción ligeramente editada de la alocución de apertura del obispo primado Michael Curry pronunciada el 22 de junio en una reunión conjunta de la Cámara de Diputados y la Cámara de Obispos en la 81ª. Convención General en Louisville, Kentucky. Vea un vídeo de la alocución de apertura en línea.
Venceremos
¡Bien, buenas tardes, Iglesia Episcopal!
Tengo que empezar por decir unas palabras de agradecimiento a la presidente Ayala Harris por su ministerio como presidente de la Cámara de Diputados, pero también en los meses que estuve entrando y saliendo de hospitales tratando de obtener mi reconocimiento de la Asociación Médica Americana. Y simplemente le agradezco su liderazgo durante ese tiempo. Y quiero agradecer asimismo al señor secretario, a mi hermano secretario, al director ejecutivo, y a este hermano que tiene más títulos que nadie en la Iglesia Episcopal, director ejecutivo y secretario de esta Iglesia, ambos cargos, y a los miembros del Consejo Ejecutivo, al liderazgo de la Cámara de Diputados. Y lograré hablar con la Cámara de Obispos. Discúlpenme, los confundo más o menos, pero tendré la oportunidad de hablar con ellos dentro de un rato. Pero quiero agradecer a quienes se reúnen y brindan liderazgo para esta convención. Quiero agradecer al personal de la Iglesia Episcopal. No sé si están en esta sala en este momento, pero son personas que trabajan para servir a nuestro Señor Jesús y a esta Iglesia, y laboran arduamente, y les damos gracias a ellos.
Y un agradecimiento especial al equipo de la Oficina de la Convención General, que se empeña en mantener los organismos interinos. Siempre lo he hecho, ahora que estoy a punto de jubilarme, puedo decirles lo que realmente pienso, pero ese título, organismos interinos, suena a espíritus incorpóreos flotando en las regiones o el purgatorio, uno u otro. Pero sí quiero agradecer a la Oficina de la Convención General por ayudar a facilitar esas importantes reuniones y encuentros a los que Desmond Tutu se refirió una vez: ¿Cómo conoces a los anglicanos? Y él respondió, nos reunimos. Nos reunimos. Y gracias a la OCG y gracias a todas las personas que, por la acción del Espíritu, ayudan a hacer de esta Iglesia algo más que una simple Iglesia, para ayudarnos a ser verdaderamente el cuerpo de Cristo, el pueblo de Dios, participantes, como dice vuestro amigo Ian Douglas, en la misión de Dios y la rama episcopal del movimiento de Jesús. Digan eso conmigo una vez más. Rama episcopal del movimiento de Jesús. Gracias y gracias.
Ahora tengo que decir que esta será la última vez que me dirija a la Convención General de la Iglesia Episcopal como Obispo Primado. Mi mandato llega a su fin, a partir del 1 de noviembre, cuando nuestro nuevo Obispo Primado asuma oficialmente su cargo. Y he sido consciente de eso: el 1 de noviembre, supongo que los cánones pensaban que era la Fiesta de Todos los Santos, lo cual tiene sentido.
Pero no sé si los canonistas estaban conscientes que, si bien es justo y adecuado, que el nuevo Obispo Primado asuma su cargo en la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre, el Obispo Primado saliente se retiraría el 31 de octubre, que se conoce como Víspera de Todos los Santos. Pero pregúntenle a cualquier niño de 5 años y les dirá que es Halloween. Ahora sé que en alguna parte debe haber algún mensaje al respecto, pero no sé cuál es. Pero esta será la última vez que me dirija a ustedes como Convención General. Y quiero decirle a todo este cuerpo y a esta Iglesia que ha sido un gran privilegio. Ha sido un honor. Doy gracias a Dios por haber podido servir como Obispo Primado de esta Iglesia, y doy gracias a Dios.
Gracias. Muy bien. Son increíbles. Gracias.
En verdad estaba tratando de determinar qué decirles y qué resultara útil. Y volví al último discurso del Evangelio de Juan, que es una especie de Cena del Señor, la Última Cena. Pero los eruditos se refieren a él como el último discurso de Jesús, donde básicamente, sin saber exactamente lo que deparará el futuro, pero confiando y esperando saber quién le deparará ese futuro.
Y en el Evangelio de Juan (a partir del capítulo 13 y hasta el 17) Jesús básicamente les dice a sus discípulos reunidos lo que él cree que deben saber para enfrentar un futuro incierto, tal vez ambiguo, para enfrentar un futuro desconocido. Les dice lo que deben saber. Les lava los pies y les muestra lo que deben saber. Lo que yo les he hecho, deben hacérselos unos a otros, y deben hacerlo en servicio, servicio radical, desinteresado, y lavar los pies de este mundo. Él les dice: Moisés les dio a todos 10 mandamientos. En realidad eso es lo que dijo. De hecho, está en el texto. Sólo hay que buscarlo con atención. Pero Moisés les dio 10. Yo tengo uno más.
Un mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros como yo los he amado. Porque así el mundo entero sabrá que son mis discípulos, que se amen unos a otros, que sean personas de amor, que convivan en amor y transformen este mundo con el poder del amor. Eso es en la Última Cena. Todos necesitan saber esto, les dijo, e impartió otras enseñanzas, habló sobre el Espíritu. Les dijo: No estaré mucho tiempo con ustedes, pero viene otro, el Paráclito. Quería que todos supieran que fui al seminario y aprendí algo. El Paráclito, el Espíritu, el Espíritu del Dios vivo, ese Espíritu viene. Y luego les dice esto, antes de orar en el capítulo 17, les dice esto: «En este mundo tendrán aflicción». ¿No esperan adonde voy a dar? ¿Cuál es la canción en de The Wiz?[1], «tranquilos, tranquilos por el camino». No esperen eso ahora, llego al punto en un segundo. Él dice: «En este mundo tendrán aflicción». Y luego agrega: «Pero tengan buen ánimo. Yo he vencido al mundo».
Eso es lo que dijo en la Última Cena. Dijo: No puedo darles hojas de ruta. No les daré un camino fácil, pero lo que sí sé es que en este mundo tendrán aflicción. ¿Me oyes, Iglesia Episcopal? Todos leen los informes parroquiales y luego se retuercen las manos. Señor, ¿qué nos va a pasar en este mundo? Tendrán aflicción. En todos los países donde nos encontramos un mundo en agitación, un mundo donde hay guerras y rumores de guerras, un mundo donde la misma creación gime con dolores de parto; en ese mundo, tendrán aflicción.
Ya no somos la institución establecida de la oración. Simplemente somos quienes somos. Pero tengan buen ánimo. Jesús ha vencido al mundo. Y si seguimos sus pasos y su camino de amor, entonces nosotros también venceremos. Venceremos. Ahora no voy a ser extenso porque esto no es un sermón. Predicaré más tarde esta noche, pero si fuera un sermón, este podría ser un texto. Simplemente lo estoy citando del capítulo 16 del Evangelio de Juan, hacia el final de las enseñanzas de Jesús. Y justo antes de que diga esa gran oración en el capítulo 17, la oración del sumo sacerdote.
Pero hacia el final del [capítulo] 16, antes de que diga, vencerán, dice esto, y creo que esto puede ser lo que puedo ofrecer a la Iglesia Episcopal después de jubilarme y tener un cachorro que vuelva loco al gato de mi esposa. Pero esto puede ser para nosotros. Y Jesús dijo esto en la Última Cena: Todavía tengo muchas otras cosas que decirles, pero ahora no pueden soportarlas. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, el Espíritu les guiará a toda verdad. No hablarán por su propia cuenta, sino que hablarán por lo que el Espíritu oye y les declarará las cosas que han de venir. Hay muchas otras cosas.
Vaya, desearía poder saber de qué estaba hablando Jesús. ¿Cuáles son esas muchas otras cosas, muchas otras cosas que podría decirles? Hay muchas otras cosas que el Espíritu podría decirnos, Iglesia Episcopal, pero no podemos manejarlas en este momento. Pero Jesús nos dijo esto: hay un Espíritu muy, muy dulce en este lugar. Y sé que hay un Espíritu del Señor. Hay un Espíritu del Dios vivo, y Dios no está acabado. Ese Espíritu aún no ha terminado con esta Iglesia Episcopal; Tenemos trabajo que hacer y un futuro por delante.
Oh, es un dulce, dulce Espíritu. Dulce, dulce. Y lo he visto, y no, —¿cómo vamos a tiempo? ¿Cómo vamos a tiempo? Oh, todo bien. Les digo que ya he visto al Espíritu obrando. Phyllis Tickle, quien fue una de mis mentoras, en uno de sus últimos libros, y de hecho lo dijo antes de escribir el libro. Dijo que es muy posible que estemos viviendo en nuestra era del Espíritu, cuando las viejas estructuras que hemos conocido durante tanto tiempo y a las que hemos servido tan bien tal vez no puedan servirnos en este nuevo futuro. Pero hay un Espíritu, dijo Jesús, hay un Espíritu. Ese Espíritu les conducirá a todas las verdades. Ese Espíritu les guiará. Ese Espíritu les mostrará el camino incluso en un futuro que no entiendan.
Permítaseme sugerir que es posible que hayamos visto algo de ese Espíritu en acción, ese Espíritu del que Jesús hablaba, durante la pandemia misma. Fue una época horrible. Hubo muerte en todos los países. Hubo llantos y lamentos y tiempos difíciles para muchos. Quiero llorar por nuestros niños y nuestros jóvenes que fueron privados de estar juntos cuando eran niños en la escuela. Y no tenemos idea de cuál será el impacto a largo plazo de esa pandemia en ellos y en el resto del mundo. Fueron tiempos difíciles.
Pero en esos tiempos difíciles, creo que vi algo del Espíritu del que Jesús hablaba. Podría estar equivocado, pero creo que lo vi. Lo vi y lo escuché. Creo que estaba en una reunión del Consejo Asesor, creo. Estábamos en línea. Miren, tengo 71 años. No recuerdo lo que hice. Apenas recuerdo lo que acabo de decir. Pero de todos modos, creo que fue una reunión del Consejo Asesor y el obispo Kym Lucas de Colorado, en el transcurso de la reunión o cuando nos estábamos saludando, nos habló de una pequeña iglesia: San Jorge [St. George’s] en Leadville, Colorado. Colorado, ¿están todos en la cámara? Y nos habló de esta congregación que desde hacía años venía alimentando a 2.000 personas cada mes en su comunidad, cada mes, a 2.000 personas.
Y cuando llegó la pandemia, tuvieron que descubrir cómo podían seguir garantizando que la gente tuviera alimentos para comer en su comunidad y hacerlo de manera segura, de manera que protegieran y no propagaran la pandemia. Y aparentemente tomaron un autobús. ¿Era un autobús? Consiguieron un autobús. Y no sé si tenían un conductor, no tengo idea de cómo lo hicieron, pero se desplazaron y entregaron la comida y las cosas a las diversas áreas donde estaba la gente, y luego dejaron que la gente saliera y las tomara, descubrieron cómo hacerlo.
Y ahora han vuelto a alimentar a 2.000 personas cada mes. Pero no les he contado la mejor parte de la historia. Tenían una declaración de misión, como todos nosotros. Y la declaración formal de la misión dice: construir una comunidad acogiendo, nutriendo y amando a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Eso suena muy episcopal. Pero luego agregan esto (en realidad está en su sitio web): nuestra misión secreta es esta: si tenemos comida, por Dios, la compartiremos. Eso es todo. Ahí está la misión.
Y lo asombroso, me dijo esto el obispo, lo asombroso es que esta es una congregación de 15 personas que no tiene un sacerdote residente desde hace cuatro años. Hay un dulce, dulce Espíritu en este lugar. Oh, me alegro mucho, saben algo, me alegro mucho de estar aquí con todos ustedes. No tienen idea de lo feliz que me siento y estoy muy contento de estar aquí en Louisville. ¿Lo dije bien, obispo? Muy cerca. Si, si, si. Me alegro de estar aquí porque esta diócesis, el obispo White y la gente de la diócesis de Kentucky, después que mataran a Breonna Taylor, y después de que esta ciudad y el resto de esta nación lucharan contra la pérdida de vidas humanas inocentes, esta diócesis se mantuvo firme y ayudó a encontrar una manera no violenta.
La iglesia catedral donde los obispos irán a elegir a nuestro próximo Obispo Primado era un sitio de entrenamiento no violento. Era un sitio donde la gente podía ir por un respiro. Era un lugar donde todos eran bienvenidos y todos eran alguien de Dios. Esa es la Diócesis de Kentucky. Gracias, obispo White, gracias Kentucky, gracias Kentucky. Y eso fue en plena pandemia.
Pero podría seguir. Déjame contarte sobre la Sociedad de la Puma de Ganso. También se la conoce como la Cámara de Obispos. Porque mucho después de que la Cámara de Diputados se volviera electrónica, finalmente lo intentamos. Aún no nos hemos puesto al día, pero hemos estado trabajando un poco. Ahora, el próximo Obispo Primado será elegido, no electrónicamente, sino en papel, pero siempre volvemos a nuestras raíces. Pero déjame contarles sobre la Sociedad de la Pluma de Ganso.
Ese grupo de obispos continuó haciendo lo que pudo para brindar liderazgo pastoral a una Iglesia que nunca antes había pasado por algo así. Y todos los lunes nos reuníamos de 1:00 a 1:30. Comenzaríamos puntualmente a la 1 y terminaríamos puntualmente a la 1:30. Fue una especie de control, proporcionar a los obispos los recursos que pudieran necesitar para continuar trabajando durante este largo tiempo. Y ellos, junto con el clero y los laicos de esta Iglesia, adoraban a Dios, recordaban los sacramentos, alimentaban a los hambrientos y defendían a los pobres y a otros. Y esta Iglesia siguió adelante. Vi a esta Iglesia hacer lo que nunca soñé ni pensé que haría. Vi a la Iglesia Episcopal conectarse en línea. Ahora bien, si eso no es un milagro, no sé qué lo será. Y en los primeros momentos no era bonito.
Solía ir por ahí y participar en la Oración Matutina, en la Oración Vespertina y en las Completas, y era bueno que estuviera en línea, pero la cámara miraba al techo y se oía esa voz incorpórea hablando. Pero al final de la pandemia, se dieron cuenta de que se supone que la cámara debe estar enfocada en la persona que habla. Y lo descubrimos. Y esta Iglesia—la gente siguió contribuyendo con dinero. Acuérdense, todos estaban preocupados por lo que sucedería. Y no sé cómo lo hicieron, pero vi a los episcopales convertir el agua en vino. Oh, no fue fácil.
No quiero fingir que fue fácil, pero estoy aquí para decirles que lo que vimos durante la pandemia —creo yo— puede ser una parábola de cómo afrontaremos el futuro que tenemos por delante siguiendo los pasos de Jesús, confiando en ese Espíritu Santo y luego reuniendo lo mejor que podamos para descubrir cómo hacemos la obra de Dios. ¿Cómo llevaremos a cabo la misión de Dios? ¿Cómo somos la rama episcopal del movimiento de Jesús en una época que no habíamos anticipado?
Recuerdo que la obispa Mariann Budde me llamó o me envió un mensaje de texto al comienzo de la pandemia y me dijo: «Deberías predicar. Necesitamos que prediques desde la catedral». Esto fue temprano. Puede que esto haya sido [al comienzo] de la pandemia en febrero de 2020. Y no pudimos decidir, ¿puedo ir a la catedral? Cómo vamos a hacer esto? Y finalmente nos dimos cuenta de que probablemente sería mejor si hiciéramos una transmisión en vivo.
Y entonces convencí a mi esposa para que fuera la cámara. Lo hizo cuando hacíamos meditación semanal. Ella siguió haciéndolo. El costo fue alto. Todavía estoy pagando por ese ministerio. Y entonces ella sostenía [la cámara], no teníamos nada sofisticado: ella sostenía mi teléfono celular y encontramos un buen lugar en el comedor. Esta especie de rincón en el que podíamos estar parecía tener la luz adecuada. Así que nos quedamos allí y recuerdo que dije: «Ahora sólo sostén el teléfono celular».
Y ella me dijo: «¿Cuánto durará este sermón?» Sé que alguien está diciendo eso ahora mismo: ¿Cuánto durará este sermón? Pero recuerdo que ella sostenía el celular. Y entonces estaba predicando el sermón, y todo estaba bien hasta que el gato entró en la habitación.
Y el gato la vio parada allí y, supongo, quería comida o una golosina o algo así y empezó a maullar en medio de mi sermón. Y si vuelven y miran esa cinta, realmente escucharán al gato maullar en medio del sermón. Y así estuvimos en la pandemia. Predicamos el Evangelio de una forma u otra. Se proclamó el Evangelio. Se oró por la gente. Descubrimos cómo cuidar a nuestros enfermos y confinados. Y podemos descubrir cómo seguir dando testimonio de la justicia de Dios y de la rectitud de Dios, del amor de Dios y de la paz de Dios en este mundo.
Pero permítanme llevar esto a una conclusión. Supongo que probablemente tenía 8 o 9 años cuando mi papá me llevó a Rochester; vivíamos en Búfalo. Tenía una iglesia en Búfalo, Diócesis del Oeste de Nueva York. Están aquí en alguna parte. Oh, están ahí. De todos modos, me llevó a Rochester, que está un poco más arriba. Oh, Rochester está aquí, Rochester. Y fuimos a Rochester para escuchar hablar al Dr. Martin Luther King. Creo que yo tenía unos 8 años como máximo, tal vez no tanto. Y todos los demás predicadores se habían levantado y s suponía que trajeran saludos. Pero hubo muchos sermones antes de que él se levantara [para predicar].
Y probablemente dos horas después, el Dr. King se levantó para hablar, y cuando él se levantó, yo me desplomé. Me quedé dormido. Nunca escuché una palabra de lo que dijo, pero su influencia comenzó en ese momento. En ese momento se sembró una semilla.
Cuando tenía 5 años, mientras crecía en la antigua Iglesia de San Felipe [St. Philip’s] en Búfalo, una de nuestras congregaciones históricamente afroamericanas que se remontaba a 1865, justo después de la Guerra Civil, le pregunté a mi papá, —que era el sacerdote— le pregunté a mi papá, ¿puedo ser acólito? Y no lo sé. No estoy seguro de lo que realmente estaba pensando. Él dijo, bueno, si memorizas el Padrenuestro y el Credo de los Apóstoles, te dejaremos ser acólito. Ahora yo tenía 5 años. Creo que él estaba elevando el listón tan alto para que lo dejara en paz por un tiempo. Pero lo hice.
Y recuerdo que me dejó el Domingo de Ramos de ese año, me dejó estar en la sacristía y ver las cruces adornadas con palmas a su alrededor. Y ver cómo se pone el incienso en el incensario. ¿Saben de qué estoy hablando: incienso? Me cercioraré de que todos sepan de qué estoy hablando.
Y ver el humo simplemente surgir. Y así puedo ver todavía aquel Domingo de Ramos a mis 71 años. Y no sé si algo se revolvía en mí entonces, no lo sé. Todo lo que sé es que estoy aquí ahora. Y ese domingo de Pascua me dejó servir en el altar. Y tenía un trabajo. Lawton Thomas, que murió pero se hizo sacerdote, era un adolescente y era turiferario. Su hermano Ronnie, que ahora enseña en Morehouse, Ronnie era un poco más joven y él era el “chico del bote”, “persona del bote”, diríamos ahora, el chico que llevaba el bote del incienso. Y yo tenía un trabajo increíble, cuando tenía 5 años: debía proteger la cuchara. Y llevé esa cuchara con gran dignidad. Estaba tan orgulloso de mí mismo. Y tuvieron la procesión solemne alrededor de la iglesia, y yo caminé con la cuchara, a todos lados a los que podía ir.
Y desde ese día, he aprendido acerca de Jesús en esta Iglesia. He aprendido sobre la manera de amar de Jesús y su llamado a que ese amor se manifieste en nuestras relaciones personales, pero también en nuestros arreglos sociales, políticos y económicos. Aprendí acerca de eso en esta Iglesia.
Y por eso no estoy preocupado. No me preocupa el futuro de la Iglesia Episcopal. Tengo una pensión. Cantemos: «Alabado sea Dios de quien…» Pero realmente no estoy preocupado por el futuro de esta Iglesia porque conozco a aquel en quien hemos creído. No me preocupa el futuro. No será fácil. Nunca ha sido fácil. Soy descendiente de esclavos. Estoy aquí para decirles, dijo Langston Hughes en uno de sus poemas, que para nosotros la vida no es una escalera de cristal. Y si no le cree a Langston, pregúntele a Jesús. Créanme, la crucifixión no fue pan comido. La verdad del asunto es que la vida para nosotros nunca ha sido ni será una escalera de cristal. Pero estoy aquí para decirles esto: esta Iglesia Episcopal es más fuerte, más duradera y tiene un futuro que Dios ha decretado y que Dios ha concebido. Y estoy aquí para decirles que no se preocupen por esta Iglesia. No lloren ni giman. Simplemente arremánguense y manos a la obra. Ese es nuestro futuro. Arremánguense y pongan manos a la obra. Dios los ama; Dios les bendiga; y tengamos una buena convención.
[1] Una versión posterior de El mago de Oz.





