A continuación se reproducen las palabras de apertura de la presidenta de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris, en la versión preparada para su pronunciación ante el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, reunido el 19 de octubre de 2026 en el Centro Eclesiástico de la Iglesia Episcopal, en la ciudad de Nueva York.
A la Iglesia nunca se le prometió la permanencia; se le prometió la presencia de Dios.
Buenos días, miembros del Consejo Ejecutivo.
Hoy nos reunimos en un edificio es la sede de la Iglesia Episcopal desde hace más de sesenta años. Generaciones de episcopales han orado, debatido, expresado desacuerdos, se han reconciliado y han tomado decisiones que han moldeado nuestra vida en común. Pero la vida de la Iglesia no comenzó en este emplazamiento. Mucho antes de llegar a este lugar, la Iglesia Episcopal ya llevaba casi 175 años dedicada al culto, al servicio y al discernimiento del camino por el que Dios la llamaba a seguir.
Y ahora estamos planteándonos si ha llegado el momento de marcharnos de este lugar.
Esta decisión plantea cuestiones prácticas sobre la propiedad, las finanzas y la mayordomía de nuestros recursos. Pero también plantea preguntas sobre el propósito de esta Iglesia a la que servimos:
- ¿Qué estamos llamados a mantener?
- ¿Y qué estamos llamados a dejar atrás?
En el capítulo 7 del Segundo libro de Samuel, el rey David contempla su hermoso palacio de cedro y se da cuenta de que el arca de Dios todavía se encuentra en una tienda de campaña.
David quiere construir algo permanente. Algo digno de la presencia de Dios.
Pero Dios le recuerda a David que su presencia divina siempre acompañó al pueblo. Siempre estuvo a su lado en cada etapa del camino, en los momentos de incertidumbre y en su devenir como pueblo.
Dios nunca necesitó un palacio de cedro.
Es posible que vendamos este edificio. Quizás tengamos que trasladarnos a una sede provisional mientras discernimos los próximos pasos. Nuestra fidelidad no se medirá por nuestra capacidad de conservar una sede, sino por la manera en que nuestras decisiones permitan a la Iglesia servir a la misión de Dios.
Y esta cuestión, miembros del Consejo Ejecutivo, va mucho más allá de lo que hagamos con este edificio.
Como líderes, nuestra manera de discernir y gobernar es también una forma de hacer visible nuestra fe. Revela qué valoramos, a quiénes escuchamos y cómo ejercemos la autoridad que se nos ha confiado.
Esa responsabilidad cobra especial importancia en el mundo en que vivimos hoy.
Guerras. Desplazados. Violencia política. Familias desgarradas. Comunidades que viven con miedo.
El sufrimiento humano se está convirtiendo en algo tan cotidiano que corremos el riesgo de perder incluso nuestra capacidad de horrorizarnos ante él.
Al conversar con episcopales de toda nuestra Iglesia, escucho expresiones de profunda preocupación y cansancio por las distintas formas en que se ha recurrido al cristianismo para justificar la crueldad, la exclusión y la dominación.
El nacionalismo cristiano blanco distorsiona el Evangelio cuando utiliza el nombre de Jesucristo para defender la jerarquía racial, santificar el autoritarismo o negar la igual dignidad de todos los hijos y las hijas de Dios.
Nuestra Iglesia debe estar dispuesta a decirlo con claridad, tanto a través de nuestras propias decisiones y acciones públicas y privadas como mediante un testimonio claro y valiente.
Esto implica mucho más que emitir declaraciones. Implica examinar nuestras propias prácticas y dar ejemplo en la manera en que utilizamos nuestros recursos, organizamos nuestras instituciones y tenemos en cuenta las voces de quienes se ven afectados por nuestras decisiones.
Estas realidades no son ajenas a la vida de nuestra Iglesia. Están incidiendo directamente en su gobernanza.
Mientras nos preparamos para la 82.ª Convención General en Phoenix, debemos afrontar una realidad incómoda.
Es posible que algunos de nuestros diputados y diputadas no puedan entrar a Estados Unidos debido a restricciones de visado y políticas migratorias. Otros tienen miedo de encontrarse con agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante su viaje a Phoenix o mientras estén reunidos con nosotros. Son diputados elegidos por sus diócesis para gobernar nuestra Iglesia. Su preocupación debería ser prepararse para ocupar sus escaños; no si podrán llegar hasta allá sin poner en riesgo su seguridad.
Cuando un diputado o diputada no puede participar, perdemos su voz. Perdemos las vivencias de su comunidad, la perspectiva de una diócesis y la contribución que se le encomendó aportar a nuestro discernimiento común. Nuestras decisiones reflejan las voces de quienes están presentes, y, como cuerpo, quedamos mermados cuando falta alguno de nuestros miembros.
En el litigio iniciado por la Iglesia Episcopal y otras comunidades religiosas contra el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, explicamos lo que sucede cuando la amenaza de las medidas de control migratorio llega hasta nuestros espacios sagrados.
Impide que las personas se reúnan para el culto. Obstaculiza el acceso a ministerios que proporcionan alimentos y cuidados.
No podemos proclamar que formamos un solo cuerpo en Cristo al tiempo que tratamos la exclusión de algunos de nuestros miembros como un mero contratiempo logístico.
Por esta razón, estamos planificando oportunidades para reunirnos con diputados en el ámbito internacional y considerando modificaciones a nuestros reglamentos y procedimientos para que aquellos que no puedan desplazarse a Phoenix puedan participar de manera efectiva.
No podemos prometer que todas las soluciones serán viables, pero tenemos la responsabilidad de explorar todas las posibilidades antes de dar por inevitable la exclusión.
No podemos defender la dignidad de nuestro prójimo sin examinar las barreras que existen dentro de nuestras propias instituciones.
Y esto nos trae de regreso a esta sala. Al 815 de Second Avenue. A las decisiones que tiene ante sí el Consejo Ejecutivo.
Se nos presenta la oportunidad de dejar atrás un edificio que tal vez ya no responde a nuestras necesidades como antaño; de administrar responsablemente los recursos que se nos han confiado y de discernir juntos cuáles serán los siguientes pasos.
Esto no significa abandonar nuestra historia, sino responsabilizarnos de nuestro futuro.
Hace poco, mientras me reunía con mi familia, encontré algunas pertenencias de mi abuela. Entre ellas había unas pequeñas medallas sobre la oración por los hijos.
Mi abuela fue la que me crio.
Fue una mujer muy devota que crio a sus nueve hijos y después me crio a mí como si fuera el décimo. Adoraba a sus docenas y docenas de nietos.
Y oraba por nosotros. Constantemente.
Me llevé algunas de esas medallas a casa y he comenzado a utilizarlas en mis propios momentos de oración.
Al principio, pensaba en mis propios hijos.
En mi hija, que ya es una joven adulta y que hace poco asumió nuevas responsabilidades de liderazgo en la Iglesia.
Pensaba en el mundo que está heredando.
Mientras seguía orando, me descubrí pensando no solo en mi propia familia.
Pensaba en los niños que crecen en medio de la guerra y el desplazamiento. En aquellos cuyas familias viven bajo la amenaza de la separación. En los niños que tendrán que vivir con las consecuencias de decisiones tomadas hoy por personas a las que jamás conocerán.
Mi abuela oraba por niños cuyo destino no estaba en sus manos. Los amaba sin saber qué les depararía el mundo en el que les tocaría vivir.
Confiaba en que su fe, su amor y sus oraciones podrían darles fuerzas para afrontar lo que viniera.
Me pregunto si no será precisamente eso lo que Dios nos está pidiendo:
Amar a esta Iglesia lo suficiente como para tomar decisiones cuyos frutos quizá nunca lleguemos a ver. Defender la dignidad de personas a quienes tal vez nunca conozcamos. Construir una Iglesia capaz de servir a generaciones cuyos nombres quizá nunca sepamos.
Tal vez no recuerden las mociones que aprobamos, los presupuestos que debatimos ni los edificios en los que nos reunimos.
Pero oro para que hereden una Iglesia que fue valiente cuando necesitó serlo. Una Iglesia que dijo la verdad cuando habría sido más fácil guardar silencio. Una Iglesia que hizo lugar en la mesa en vez de buscar motivos para excluir.
Comenzamos esta mañana con David, de pie en su palacio de cedro, preguntándose si Dios necesitaba algo más permanente. Pero la presencia de Dios nunca dependió de un edificio.
Tal vez nos estemos preparando para dejar este lugar. Pero ¿qué nos llevaremos con nosotros? Nuestra gente, nuestras promesas y el Evangelio que nos trajo hasta aquí desde el comienzo.
No está en nuestras manos controlar todas las fuerzas que actúan en el mundo. Lo que sí está en nuestras manos es decidir qué clase de Iglesia seremos en medio de ellas. El mismo Dios que acompañó a su pueblo en su travesía por el desierto sigue hoy a nuestro lado y nos llama a avanzar.
A la Iglesia nunca se le prometió la permanencia; se le prometió la presencia de Dios.
Que esa promesa nos infunda el valor para gobernar con fidelidad, hablar con la verdad y tomar decisiones dignas del Evangelio que proclamamos.
Muchas gracias.





