Mensaje del Consejo Ejecutivo a la Iglesia Episcopal: octubre de 2026

Tras su reunión del 19 de octubre en la ciudad de Nueva York, el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal compartió con la Iglesia la siguiente carta. Lea aquí las cartas anteriores del Consejo dirigidas a la Iglesia.

El otoño en la ciudad de Nueva York es fresco, vibrante y dinámico.

Y el Consejo Ejecutivo reflejó ese mismo espíritu en la reunión: trabajó con eficiencia y determinación a lo largo de una única jornada en el Centro Eclesiástico (Church Center), situado en el número 815 de la Segunda Avenida, que es un lugar de especial relevancia en el marco de este encuentro.

El Consejo se reunió el domingo por la tarde para cenar en el ático donde se alojan los Obispos/as Presidentes/as de la Iglesia Episcopal cuando están en la ciudad de Nueva York. Es un espacio que, aunque acusa el paso del tiempo, tiene mucho encanto, con una terraza que lo rodea y vistas a la estación Grand Central por un lado y al edificio de las Naciones Unidas por el otro.

La Eucaristía del lunes por la mañana se celebró en la Capilla de Cristo Señor (Chapel of Christ the Lord), donde después tuvo lugar nuestra reunión. Quienes vieron la ceremonia de investidura de Sean Rowe como obispo presidente pudieron conocer esta capilla. Compartimos las comidas en el espacio situado al otro lado del vestíbulo, donde antes estaba la librería. Durante la pausa del almuerzo, algunas personas recorrieron las plantas cuarta, quinta y sexta, las únicas que ocupa el personal de la Iglesia en este edificio de diez plantas y un ático.

La reunión tuvo un componente de despedida, momentos de celebración, y espacios centrados en las cuestiones prácticas, como se reflejaba en su orden del día, que incluía los informes de los Comités Permanentes sobre Finanzas y sobre Gobierno y Operaciones relativos a la venta del edificio del Centro Eclesiástico.

“A la Iglesia nunca se le prometió la permanencia; se le prometió la presencia de Dios”. Con esta frase comenzó la intervención de Julia Ayala Harris, presidenta de la Cámara de Diputados, al dar la bienvenida a los miembros del Consejo reunidos “en un edificio que ha servido como sede de la Iglesia Episcopal durante más de 60 años”.

“Muchas generaciones de miembros de la Iglesia Episcopal han orado, debatido, discrepado, se han reconciliado y han tomado decisiones que han contribuido a configurar nuestra vida común desde esta sede”, afirmó. “Pero la vida de la Iglesia no comenzó aquí. Casi 175 años antes de que llegáramos a este lugar, la Iglesia Episcopal ya celebraba el culto, prestaba servicio y discernía hacia dónde la llamaba Dios. Y ahora, nos planteamos si ha llegado el momento de marcharnos”.

Esto significaba que el Consejo debía afrontar una decisión que suscitaba preguntas sobre los bienes inmuebles, las finanzas y la administración responsable de nuestros recursos y, en palabras de Ayala Harris, “sobre el propósito de esta Iglesia a la que servimos: ¿Qué nos llama Dios a mantener? ¿Y a qué nos llama a renunciar?”.

El obispo presidente Sean Rowe expuso la visión teológica que sustenta no solo esta decisión, sino todas las decisiones: “La única pregunta que debe guiar cada decisión que tomamos es: ¿Cómo contribuye esto a la misión de Dios en el mundo de hoy?”.

Describió a la Iglesia como una comunidad que vive un tiempo liminal, un tiempo de transición, como el Sábado Santo, en el que “lo antiguo ha muerto de verdad y lo nuevo todavía no ha aparecido”.

“¿Estamos dispuestos a dejarnos transformar, renunciando a estructuras que amamos para que pueda surgir algo que quizá no lleguemos a ver en vida? Eso es la verdadera administración responsable: construir la Iglesia en la que nosotros mismos no llegaremos a vivir”, afirmó el obispo Rowe al presentar el plan estratégico, que establece tres prioridades estratégicas: Testimonio: un cristianismo que merece ser proclamado; Apoyo: capacidad allá donde se necesita; y Sostenibilidad: una Iglesia construida para perdurar.

El plan se titula Nuestro valiente testimonio (Our Courageous Witness) y nos lleva a hacer algo que podría parecer poco propio de la tradición episcopal: salir al espacio público y dar testimonio cristiano. También contempla la labor práctica de ofrecer mayor apoyo a las diócesis y congregaciones —por ejemplo, ayuda en asuntos disciplinarios relacionados con el Título IV—, así como estrategias financieras prácticas para que la Iglesia siga contando con los recursos necesarios durante los próximos años.

En resumen, como señaló la integrante del Consejo, la Rvda. Theodora Brooks, en respuesta a la presentación, esto demuestra que “el cortejo fúnebre se ha detenido”.

Sí, los rumores sobre la muerte de la Iglesia Episcopal son exagerados. Como dijo Brooks: “Vemos que la vida sigue ahí cada domingo”.

Los miembros del Consejo acogieron con entusiasmo la posibilidad de lanzar una campaña publicitaria para dar a conocer la Iglesia Episcopal y aumentar su visibilidad, de modo que deje de ser el secreto mejor guardado del país y de otros lugares. Sí, queridas hermanas y queridos hermanos, se trata de evangelización en torno a “un cristianismo que merece ser proclamado”: un cristianismo que busca y sirve a Cristo en todas las personas y respeta la dignidad de todo ser humano.

Que la resolución de vender el edificio se aprobara con muy poca oposición pone de manifiesto la calidad de las excelentes y exhaustivas presentaciones e informes que guiaron al Consejo a lo largo del proceso de toma de esta decisión. Y, aunque era evidente que las personas presentes confiaban en el proceso, también hubo cierto grado de escepticismo saludable. Se plantearon preguntas y se abrió espacio para recibir respuestas, con el objetivo manifiesto de examinar la cuestión a fondo.

Esta decisión se refiere únicamente a la venta del edificio, lo que requiere alojamiento alternativo provisional para el personal, y una sede temporal. El discernimiento sobre la ubicación permanente del Centro Eclesiástico contará con la participación de toda la Iglesia.

El veinticinco por ciento de los ingresos de la venta se destinará a pagar oficinas temporales en Manhattan y, más adelante, a “financiar los costos” de una nueva sede permanente “en un área metropolitana o un estado aún por determinar”, según se indica en la resolución aprobada por el Consejo.

Tras el debate sobre la venta del edificio, se abordó el proceso presupuestario trienal de la Iglesia. El objetivo es la transparencia: el Consejo Ejecutivo revisará el presupuesto, que después se hará público para que pueda ser examinado y se ultimará en febrero.

El informe de los representantes de la Iglesia Episcopal ante el Consejo Consultivo Anglicano —el Rvdmo. Rafael Morales Maldonado, de Puerto Rico; el Rvdo. Ranjit Mathews, canónigo del ordinario de la Diócesis, e Yvonne O’Neal, líder laica de la Diócesis Episcopal de Nueva York— resultó alentador. Al parecer, el énfasis en la supervivencia institucional que caracterizó los últimos años se ha atenuado y existe ahora mucha más apertura a la acción del Espíritu Santo.

De hecho, parece que el Espíritu Santo sigue haciéndose presente. El éxito del plan estratégico depende de contar con líderes que, como señala el informe, “trabajen con fidelidad, tesón y determinación para completar esta tarea”.

Pero también depende de la apertura de cada miembro de la Iglesia, porque cada persona, desde cualquiera de los cuatro órdenes del ministerio, participa en esta labor.

Juntos, podemos lograrlo.